Por: Daniel Pacheco

Arrogancia secular

Incluso con su mendacidad, hipocresía e intolerancia —de todos los lados—, da gusto ver la intensidad del debate sobre diversidad sexual y de género en Colombia.

El país está hablando de temas distintos, temas modernos, temas carnudos que trastocan nuestro parroquialismo y nos sacan de la violentología y politiquería incesantes en la preocupación nacional. Es un paso al futuro, pero aún con algunas taras del pasado. Por eso quiero hablar más del tono que del fondo de este debate.

El reparto de protagonistas no podría ser mejor. La primera ministra abiertamente lesbiana. Un procurador abiertamente fanático católico. Una pelea alrededor del bien más preciado de la sociedad: los niños. Indignaciones aparte: un deleite público.

Lo bonito de estas peleas de talones hundidos en la tierra para aferrarse a sus posiciones es que desnudan el carácter, la personalidad de las fuerzas en juego.

De un bando, el de una mayoría religiosa, dogmática, popular y regional, apoyada desde la Procuraduría conservadora y sectores del Congreso, hemos visto una batería de creatividad propagandística para mentir y asustar que sorprende por lo creativa y no por lo mentirosa. El talante de esa estrategia distrajo de la legitimidad de los números hasta que salieron a marchar.

Las imágenes de esas miles de camisetas blancas son un necesario baño de realidad, una lección que no se agota en la caracterización de “marchas del odio”. Colombia es todavía, muy mayoritariamente, un país cristiano y conservador. Es lo que es. Eso importa y aporta legitimidad.

Del otro lado, el de la minoría liberal, la intelectual, más educada, más bogotana, más rica (y por ahora conectada al poder ejecutivo), hemos visto una arrogancia y una intolerancia que asusta por lo sorprendente. En el contexto de este debate, la intolerancia a la intolerancia, sobre todo de quienes se llaman defensores de la diversidad, es problemática. Porque aquí no estamos hablando de la lucha contra los nazis, contra el apartheid o contra Stalin. Estamos hablando de nuestras tías, nuestros primos, vecinos, amigos. La gente con la que uno come, y hasta baila. La gente contra la cual hoy se enfilan los calificativos de “ignorantes” e “inmorales”, con una mano sobre la Constitución como si fuera la Biblia.

El problema es de origen. Porque si algo es la “ideología de género”, es un sano relativismo moral. Es la ideología de raza, la ideología de credo, la ideología de derechos humanos: la ideología democrática que se funda en la creencia de que no somos perfectos, de que no hay una verdad absoluta, y sobre todo, de que cada persona importa igual y es libre de tener su dosis de personalidad.

Por eso al responder al tradicionalismo conservador con odio, desde la soberbia de la razón y la ciencia, se corre el riesgo de igualarse a la contraparte. Y lo desafortunado de eso no es sólo parecer sacerdotal y predicar el escepticismo. Lo peor es perder la capacidad de ver al otro como una persona diferente, cuando eso es precisamente lo que les pedimos a ellos.

@danielpacheco

 

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