Por: Carlos Granés

Asesinato en una galería

Un hombre se hace pasar por agente de seguridad y entra armado a una galería de Ankara.

Las paredes están cubiertas de fotografías de edificios y monumentos de lo que parece ser una ciudad rusa. Esta asunción se confirma cuando Andréi Kárlov, embajador de Putin destinado en Turquía, se acerca al estrado para dirigirse a la prensa. Pero entonces ocurre algo que destierra a las fotografías a un segundo plano. Se oyen disparos. El falso agente empuña una pistola e invoca a Alá, y la imagen que cobra relevancia ya no está en las paredes sino en el suelo. El embajador cae asesinado en medio de la galería. 

¿Qué puede hacer una obra de arte frente a la imagen radical de un terrorista acribillando a su víctima en directo ante las cámaras? El arte contemporáneo, especialmente el arte político, pretende remover conciencias y producir cambios sociales, pero ¿puede competir con una imagen tan impactante como esta, escenificada, además, en una galería y con todos los ingredientes de una performance? Aunque el terrorismo y el arte son cosas muy distintas, el primero se ha convertido en una máquina de producir, además de muertos, imágenes de muertos. Y esas imágenes, rápidamente viralizadas, tienen un efecto mucho más profundo en las conciencias que el arte o el teatro más politizado y radical.

Les han salido competidores debajo de cada piedra a los artistas contemporáneos. El monopolio de la elaboración de imágenes ya nos les pertenece. Cada usuario de smartphone es un productor potencial de imágenes, y plataformas como Facebook, Musical.ly, Snapchat e Instagram se han convertido en galerías virtuales por las que circulan fotos, videos, performances, conceptos, ideas, insultos, chistes, zafiedades: los mismos ingredientes que se exhiben en las galerías reales. Todo acto es susceptible de ser filmado por cámaras o circuitos de vigilancia. Si hasta hace poco los analistas culturales hablaban de una sociedad del espectáculo en la que el ciudadano se había convertido en un espectador pasivo, aislado de la vida, incapaz de tener experiencias reales no mediadas por las imágenes de las pantallas, ahora todos somos productores de esas mismas imágenes o potenciales actores en filmaciones propias o de extraños.

Parece que la relación se ha invertido: no hay tantos espectadores para la cantidad de espectáculos que se generan. Todo se hace para las cámaras. Todo se registra, todo queda y todo se convierte en autoficción y espectáculo. El terrorismo esparce el miedo y altera las relaciones diplomáticas y la vida cotidiana; las seductoras imágenes de Instagram animan al consumo, a la identificación con la fama y al comercio de deseos y expectativas vitales. La contemplación pasiva se desvanece ante el frenesí del selfi. Incluso cuando se ve algo o se asiste a un espectáculo, la experiencia se convierte en otra imagen y en otro espectáculo. La instantánea que mejor describe a la sociedad contemporánea ya no es la de un cine lleno de espectadores con gafas 3D, sino la de una gran estrella filmando a los espectadores que la aclaman. Se consume y se produce espectáculo al mismo tiempo. El embajador asesinado iba a ver arte y acabó convertido en lo contrario, actor de un macabro espectáculo. Su cruel destino tal vez sea un presagio de lo que nos espera a todos.

 

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