Por: Catalina Uribe

Asesinos educados

La violación, tortura y cruel asesinato de Yuliana Samboní nos dejó a todos en un estado de profunda desolación. Aterra que nos enfrentemos a otro feminicidio más y que las campañas en contra de la violencia hacia la mujer sigan siendo ignoradas.

Es aún más doloroso que el horror se volcara sin piedad contra una niña. En medio de tanto desconcierto, una pregunta al margen: ¿por qué la ira nacional contra Rafael Uribe Noguera, el presunto asesino, enfatiza su mundillo social, sus oportunidades, y, en general, su pertenencia a “una familia prestante”?

La razón más evidente, y en gran medida cierta, tiene que ver con una rabia generalizada contra la justicia selectiva. Todos estamos cada vez más convencidos de que la justicia colombiana no es ciega. Se sabe de casos de políticos, empresarios o jóvenes con dinero que evaden los castigos, se van del país, y vuelven como si nada unos años después. No sin razón los periodistas hacen presión mediática para evitar otro caso más de impunidad. Aunque sin duda hay algo de “morbo” por el jet-set, la presión mediática se justifica para enfrentar un sistema quebrado.

Quiero sin embargo enfatizar otra razón, quizá más profunda y existencial, por la que nos aterra el privilegio del presunto asesino: la angustia que nos produce pensar en que una persona educada, con oportunidades y sin aparentes traumas sea capaz de semejante atrocidad. En los tiempos modernos tendemos a achacarles excusas a los crímenes y a explicarlos atribuyéndoles factores sociológicos. El Mono Jojoy fue un monstro, pero pensamos: nació en la guerra y la guerra lo hizo un monstro. Quizá ese no sea el motivo, pero nos tranquiliza creerlo.

En ese sentido guardamos siempre la esperanza de que si trabajamos duro para construir una sociedad mejor, las monstruosidades tenderán a desaparecer. Pero el crimen contra Yuliana nos confirma una horrible realidad. Hay personas que simplemente deciden desde la naturaleza del mal producir el mal. Cuando alguien entra en el mal y disfruta de él conociéndolo, sin razón, sin atenuante, sólo porque sí, nos hace cuestionar los cimientos básicos de lo que somos. El crimen de Yuliana no es únicamente contra ella sino un crimen contra nuestra esperanza de poder llegar a ser un mejor país.

 

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