Por: Armando Montenegro

Bajo crecimiento y alta inflación

Este es un buen momento para revisar las proyecciones de crecimiento económico y analizar su posible impacto sobre la política monetaria.

Tenemos suficientes elementos para pensar que el crecimiento económico fue modesto en el segundo trimestre de este año:

(i) El índice mensual ISE (Indicador de Seguimiento a la Economía), que en buena hora viene publicando el Dane, muestra que la expansión del PIB en abril y mayo fue de sólo un 0,6% frente a los mismos meses de 2015.

(ii) Los últimos datos del crecimiento de las ventas al por menor y la industria manufacturera, correspondientes a mayo, también fueron modestos (-0,5% para las ventas y 4,5% para la industria; sin el aporte de la refinación de petróleo esta cifra es cercana a cero).

(iii) Los datos de confianza del consumidor hasta junio seguían en niveles preocupantes.

(iv) El empleo urbano ya muestra un deterioro y la tasa de desempleo volvió a cifras de dos dígitos.

Un hecho que confirma la desaceleración económica es la reducción del déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos por cuenta de la caída de las importaciones, superior a la esperada, y no por el repunte de las exportaciones (que aún no se materializa). Este déficit va a cerrar el año en cerca del 5% del PIB, con tendencia a bajar, una señal inequívoca del desaliento de la demanda interna.

Se sabe también que el paro camionero tuvo un impacto significativo sobre la producción en julio y que afectará los resultados del tercer trimestre.

Con estos elementos se puede concluir que el crecimiento del PIB en 2016 va a ser cercano al 2% anual, tal como ya lo estiman buena parte de las firmas especializadas. Al respecto, el prestigioso equipo técnico del Emisor redujo su proyección al 2,3%. Por otra parte, el consenso de las proyecciones más realistas indica que la economía crecerá a un ritmo semejante en 2017.

¿Cuál será el impacto de estas cifras sobre la política antiinflacionaria?

Aunque podría ser posible argumentar, con alguna ligereza, que la desaceleración económica, al generar excesos de oferta, va a contribuir, por sí sola, a la reducción de la inflación, hay razones para pensar que va a ser necesario mantener una postura firme en materia de tasas de interés. Una inflación cercana al 9% anual es demasiado alta, y si se trasmite a la estructura de precios a través de la indexación, podría mantenerse en niveles elevados durante mucho tiempo. Por otra parte, no es claro que el ritmo de expansión de la economía esté muy por debajo de su crecimiento potencial (el cual se redujo fuertemente por la abrupta caída de la productividad de los últimos años).

La economía colombiana está sufriendo de un lento crecimiento combinado con alta inflación. Situados en ese escenario, los bancos centrales pueden, contra natura, sentir la tentación de aceptar una inflación elevada, por encima de sus metas, para no exacerbar las tendencias recesivas. Y, en el caso contrario, cuando cumplen con su deber y mantienen una postura contraccionista, pueden hacer que el crecimiento sea todavía más lento, y así se convierten en los villanos de la película a ojos de algunos políticos, demagogos y pescadores en río revuelto. Como los buenos banqueros son conscientes de que sus buenas acciones no se quedan sin su correspondiente castigo, se resignan a su suerte y perseveran en el cumplimiento de su deber.

 

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