Por: Eduardo Sarmiento

Balance de 2016 y perspectivas

Como se advirtió repetidamente, en 2016 se registró el desempeño más crítico de los últimos 15 años.

La prioridad a la minería, la revaluación de diez años y la caída del precio del petróleo configuraron una estructura insostenible que no podía resolverse con las medidas convencionales. Así, las soluciones ortodoxas precipitaron la caída libre de la economía. En el tercer trimestre, el producto nacional creció 1,2 %, y en el año completo estará cerca de 1,8 %.

Lo anterior tiene una clara manifestación sectorial. La minería, la agricultura, la electricidad, los servicios y el comercio revelan índices negativos. Sólo tres sectores se mantienen en pie: la industria, con un crecimiento de 2 %; la construcción, con 5,5 %, y los servicios bancarios, con 3,7 %. Lo grave es que ninguno tiene condiciones para sostenerse. El crecimiento de la industria es menor que la contribución de Reficar, y si se agrega que este efecto es por una sola vez, en poco tiempo el sector volverá a los índices negativos. Las licencias, el cemento y los materiales de construcción descienden en forma notable y no demorarán en reflejarse en el rubro de las cuentas nacionales. La cartera del sector financiero cae y la de difícil cobro aumenta, a tiempo que surgen toda clase de pirámides. Para completar, el deterioro avanza rápidamente y ya se siente con intensidad en las fuentes de producción. El empleo crece cero y el consumo de energía desciende 2 %.

La falla más protuberante se presenta en el lado de la demanda. En las concepciones convencionales se presume que las caídas de la economía son seguidas de una rápida recuperación, de suerte que el crecimiento del producto se mantiene cerca de la tendencia histórica. Pero este comportamiento no se da cuando el ajuste viene de una devaluación que no afecta mayormente las exportaciones y provoca una reducción drástica de las importaciones que arrastra consigo la inversión. En este caso, la reducción del déficit en cuenta corriente es más que compensada por la inversión, que en la actualidad cae 7 %, con claros visos de acelerarse. La economía queda expuesta a una reducción del gasto mayor que la del ingreso que adquiere la forma de una caída del producto nacional que tiende a reforzarse.

La perspectiva no puede ser más preocupante. Qué se puede esperar de una economía en donde todos los sectores de oferta tienen índices negativos y la inversión, sin duda el principal determinante de la demanda, se desploma. Inevitablemente, la tendencia observada durante 2016 continuará y en 2017 se acercará a la recesión.

El país se equivocó. Se creyó que el deterioro de la economía era un problema financiero menor que se podía arreglar con una devaluación masiva, alza en las tasas de interés y reforma tributaria basada en la elevación del IVA. El remedio resultó peor que la enfermedad. La economía quedó abocada a un proceso que le puede significar varios años de atraso y estancamiento.

Está visto que la solución de fondo no puede lograrse con las fórmulas de la ortodoxia. De hecho, se plantea un nuevo modelo orientado a configurar una estructura productiva que permita la ampliación de las exportaciones que disponen de demanda mundial y de la sustitución de importaciones a costos sostenibles. Si bien se requieren múltiples cambios en la organización macroeconómica de austeridad monetaria y comercio internacional, el aspecto central es una estrategia industrial y agrícola de asistencia estatal y aprendizaje en el oficio que cierre las brechas de productividad con los socios comerciales.

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