Por: Beatriz Vanegas Athías

Billy y el vestido rosa

Hay quienes encontramos a Dios y a sus preceptos en uno de los inventos más incluyentes y democráticos que ha creado el hombre. Hablo del arte literario.

Para quienes hemos vivido guiados por los libros, Dios no es un ser de barba blanca, ojos zarcos y sonrisa condescendiente, que impávido ordena qué es lo bueno y qué es lo malo desde un utópico cielo. Dios no es un ser misógino, racista, clasista, homofóbico que reparte temor o paz; cielos o infiernos a diestra y siniestra. Ese Dios terrorífico es el protagonista de una legendaria fábula que ha servido a un sector poderoso llamado Iglesia Católica para avalar la maldad humana. Tal como aconteció la  fatídica semana que pasó.

Por eso quien estas líneas escribe encuentra a Dios en el genio generoso y bello de los creadores de literatura. Porque en la literatura, leída fervorosamente – no con fanatismo- , es decir, como una desprevenida pero contundente guía de vida, es posible encontrar a esa fuerza cósmica que lleva a comprendernos, a comprender al verdugo, al frívolo, al homosexual, al silencioso, al que sufre de verborragia, al ser diverso en su individualidad.

Creo que por ahí es el asunto con los furibundos padres y maestros marchantes. O al menos es un camino ahora que los miedos, producto de la ignorancia convertida en odio, se han desatado. Pienso en educar a través de  la contemporánea literatura infantil y juvenil que nombra al siglo XXI con todos sus cambios. Pienso en ese clásico de la escritora colombiana Yolanda Reyes Los años terribles que nos ofrece las piezas para armar un honesto rompecabezas de la pre y de la adolescencia.

Pienso en Flon Flon y Musina de la escritora de Cracovia, Murawska  Elzbieta que es una poderosa historia para niños sobre la inutilidad de la guerra. Pienso en Paso a paso de la también colombiana Irene Vasco, una poética novela corta que enfrenta al lector de manera sutil y bella, al monstruo del secuestro. Pienso en El diario de un gato asesino de la escritora inglesa Anne Fine, que es la rotunda narración en primera persona de un gato que se siente aniquilado por la indiferencia de la familia, ante la secuencial cadena de “asesinatos” que comete: primero el canario, luego un ratón y finalmente el conejo del vecino. Allí están argumentadas narrativamente las razones del asesino; allí se enfrentan las culpas y desasosiegos de la familia dueña de la mascota asesina que no sabe cómo lidiar con el asunto. Es la vida con todos sus matices, sin buenos ni malos, sin culpables, sólo con actos humanos y animales de esos que le ocurren todos los días a los mismos que salieron a las  marchas del odio, como los llamó la columnista Catalina Ruiz-Navarro.

Pienso en Billy y el vestido rosa, precioso relato también de la inglesa Anne Fine que es una denuncia del maniqueo paradigma del rosado para las niñas y el azulito para los niños. Y es que en un día pesadillesco –lunes por demás- la prisa de la madre por ir al trabajo, hace que  vista a su hijo Billy con traje color rosa. Billy descubre en su propia piel cómo tratan en el colegio a las niñas; cómo el mundo escolar, réplica vívida del ambiente de afuera que espera actos y actitudes diferentes de una niña y que en muchas ocasiones, convierte la vida de ellas, en una verdadera complicación.

Ahí están los libros que recogen las miles de versiones de que está hecha la realidad que habita la condición humana. Ahí están. Lean a ver si disminuye el miedo y la ignorancia.

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