Por: Nicolás Rodríguez

Bogotá limpia

A la publicitada demolición del Bronx le siguieron una serie de promesas urbanísticas sobre la renovación del sector y la importancia cívica de la limpieza.

En los sueños de urbanista que suele expresar con mucha grandilocuencia el alcalde siempre hay metáforas verdes y reconfortantes para los niños, los jóvenes y los ancianos. En la Bogotá soñada hasta el contaminado río Bogotá fue convertido por un momento en una posibilidad de aire fresco y senderos peatonales. Otra cosa ocurre, en cambio, con los habitantes de calle.

En el modelo de ciudad que defiende la administración de Enrique Peñalosa no hay espacios mentales para encuadrar las experiencias de vida de estas personas por fuera de la presión de la Policía y la condena al reformatorio. Tampoco hay espacios físicos.

El desdén ha sido tan categórico después del desalojo del Bronx que por encima de los encargados de la política social del Distrito el vocero más visible de los intereses de los habitantes de calle ha sido el secretario de Seguridad. Quien ya pretende quitarles la posibilidad legal de elegir si entran o no en los programas de rehabilitación.

Desplazados y correteados por diferentes esquinas y puentes de la ciudad, era cuestión de tiempo antes de que ocurriera un desastre como el del aguacero que inundó el caño de Puente Aranda en el que pasaban la noche aproximadamente 300 habitantes de calle. La culpa directa probablemente no recaiga en las autoridades del Distrito, que de hecho reaccionaron con alguna premura. Pero este es el lado b de la Bogotá soñada, moderna y para todos.

El derrumbe del Bronx podrá darles paso a nuevas construcciones para la Alcaldía local de Los Mártires. O a amenos bulevares con tienditas de helados, columpios y espejuelos de agua. Los precios de los predios acaso suban y se encarezcan, como siempre se ha querido que ocurra en el centro de la ciudad, pero lo que habrá costado tanta ingeniería social será vergonzoso.

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