Por: Columna del lector

Bogotá no tiene tren, pero tiene…

Ríos, cerros y la reserva Van der Hammen.

El aviso por parte de la nueva Alcaldía de articularlos en un macro proyecto, una suerte de anillo de espacio público para la ciudad, es una maravillosa noticia por dos razones: la primera, desde su fundación, Bogotá ha vivido de espaldas al río, reduciéndolo, para nuestra vergüenza, a una de las mayores cloacas del mundo; la idea de hacer un proyecto donde el río sea el eje sería un cambio histórico que podría hacer que todos los que vivimos aquí compartiéramos una visión unificada de ciudad.

La segunda, porque la comprensión del impacto creciente del cambio climático en el mundo está haciendo que las sociedades no miren únicamente su capacidad de extraer recursos de la naturaleza, sino que se orienten en conservar para legar a las generaciones futuras una relación más armónica con la vida, y nosotros no podemos ser la excepción. Sin embargo, para que este legado se concrete para todos los bogotanos, es bueno se observen las siguientes particularidades:

La primera condición es que ríos, cerros y reserva no son palabras aisladas con un significado reducido; los tres son ecosistemas. Aunque como ciudadanos de a pie, e incluso desde las esferas de poder puedan ser observados como elementos simplificados, cada uno es un sistema diverso y complejo.

En este sentido, construir un malecón y la ALO lo largo del río Bogotá, canalizándolo, puede ser una exquisita obra de urbanismo que, sin embargo, pueda salirle costosa a la ciudad porque la canalización acabaría con la relación río-humedales, los cuales amortiguan el inmenso volumen de lluvia en época de invierno a la vez que se nutren de esta para crear un entorno único; todo por reducir el río Bogotá a un tubo que se puede ampliar para llevar más o menos aguas negras de la ciudad al río Magdalena.

Esta concepción puede derivar en una drástica disminución de la competitividad para la región por cuanto una obra urbana de esas dimensiones, que no solo destruya los últimos reductos de este tipo de entorno, sino que se vea desbordada por el invierno aumentando la vulnerabilidad de la ciudad, significaría no solo una inmensa pérdida económica, pero además la destrucción de un significado colectivo de una ciudad única, un entorno urbano modélico que brinda calidad de vida para que ciudadanos confiados desarrollen economías de conocimiento porque quieren vivir en Bogotá.

Bogotá no tiene tren, pero tiene cicloruta, y ante todo tiene ciudadanos. Frente los anuncios de la Alcaldía debemos apoyar de manera activa para que este proyecto y otros más se desarrollen bajo una concepción urbana en armonía con los tres entornos que constituyen su soporte ecológico: río Bogotá-humedales, cerros orientales y reserva Van der Hammen, proyectando una concepción armónica y única de ciudad, pero ante todo manteniendo una actitud constructiva de control y vigilancia para que sean respetados, recuperados y fortalecidos.

 

 

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