Por: Lisandro Duque Naranjo

Botas lejanas

Entre las muchas respuestas que explican que habrá votos por el no en el plebiscito —diferentes, por supuesto, a que hay personas urgidas por la continuación de la guerra—, se encuentra una que le escuché a un líder indígena, cuyo nombre no retuve, como sería lo justo: “Es que Bogotá queda muy lejos de Colombia”.

Otras de las ciudades que le siguen a Bogotá en importancia también acusan una lejanía similar. Es un poco tarde para proponerlo, pero esas capitales debieran quedar exentas del plebiscito, y éste convocarse apenas en el resto de nación ignorada. Porque es en ésta donde la guerra es una evidencia permanente, que estropea la cotidianidad. En las grandes urbes, en cambio, el conflicto armado se manifiesta sólo de rebote, y muchos de sus habitantes asumen que temas como el desplazamiento, la violencia intrafamiliar, el desborde de las fronteras urbanas —porque la Bogotá de la clase media hacia arriba tampoco es que vea muy cercanas a sus barriadas críticas— no tienen mucho que ver con esa guerra que quiere superarse mediante el acuerdo de La Habana. Y además se la pasan muy ocupadas con el robo de celulares.

Yo vivo en Bogotá desde hace 50 años, y siendo azarosa la vida acá, sobre todo en ciertas noches y lugares —los que no frecuento, acomodándome a la “paz” sedentaria del encierro doméstico—, jamás he visto, salvo en momentos como los del Palacio de Justicia, balaceras que me obliguen a esconderme detrás de un muro, para después emprender una carrera lleno de susto. Con muertos casi nunca me he topado en Bogotá, a excepción de algún motociclista, ya cubierto por una mortaja, cuyo deceso es producto de su propia imprudencia al no prever la de quien conduce un bus, o un carro particular, de manera esquizofrénica por una arteria sobresaturada. Pero lo veo de lejos, por casualidad, y eludo mirarlo en detalle.

Pero ataúdes en fila jamás me han tocado. Ni he visto revólveres cercanos con alguien disparándolos. Ni me han llevado a cuarteles de policía a pasar la noche, porque sí, aunque tenga papeles al día. En Bogotá, repito. Porque cuando he salido a las regiones —antes en Bogotá se decía que “a la provincia”; yo nunca dije así, pues soy de allá—, en plan de trabajo o paseo, sí me han pasado cosas: llego, y de inmediato debo concurrir a entierros de personas muy cercanas, matadas. Me han dado culata. He visto apuñalamientos, barberazos. He pasado malos ratos en comisarías. Recuerdo una noche de sábado, en Sevilla, mi pueblo, que me tocó un canazo colectivo, con 200 más, todos los que estábamos en el parque. Una batida de orden público, bastante agresiva. Me soltaron a las dos horas, porque a algún retenido se le ocurrió la mala idea de decirle al comandante que yo era hijo ilustre del municipio, que yo hacía cine. “¿Y como de qué hace películas el señor? ¿De Tarzán o qué?”, gritó el hombre, provocando la risotada del resto de agentes. Mis paisanos guardados, en cambio, no celebraron la gracia. Yo me limité a responder con un no a secas. Y el sargento me dijo que me fuera. Salí de ahí con las patas en la moral, y fui a quejarme donde el alcalde, por toda esa gente agarrada sin motivo, y me respondió: “Pero tranquilo, hermano, que ya salió libre. Más tarde le presento al comandante de la Policía, que es un bacán”. Al rato agarré flota para Bogotá. Si eso no es la guerra, entonces no sé qué es la paz.

A los pueblos les toca ver cadáveres, oír rockets y patearse esos tiroteos que suenan como crispetas en un microondas. Los medios sólo muestran cuerpos hinchados cuando son de guerrilleros, mientras que los difuntos institucionales se meten a ataúdes y se cubren con banderas, convirtiendo la guerra en una abstracción heroica y aséptica, por la que puede votarse no en el plebiscito, sin remordimientos.

 

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