Por: Juan Francisco Ortega

Brexit y liderazgo político

Theresa May, la actual Primer Ministra británica, ha puesto sobre la mesa las claves de lo que, según el gobierno británico, serán las claves negociadoras de la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Eso, que la prensa británica y belga, ha comenzado a llamar el “Brexit duro”. Seis meses ha tardado la premier británica en revelar una posición xenófoba, nacionalista y extremista que en poco se parece a las posiciones antes del referéndum.

En un discurso dirigido a todos los británicos, aunque con una finalidad de complacencia a su electorado interno, además de señalar que Brexit is brexit -una simplicidad que haría que Churchill se revolviera en su tumba- viene a propugnar lo siguiente: Salida plena del Mercado Único, salida de la jurisdicción del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, recuperación de sus fronteras y, esencialmente, el fin de la libertad de circulación de los ciudadanos europeos, en igualdad de derechos, en territorio británico.

Ahora bien, en el colmo del absurdo -y como consecuencia de la falta de liderazgo en el seno de la Unión Europea- se dan dos años de plazo para negociar un nuevo acuerdo. Un nuevo acuerdo que, según la primera ministra británica, debe consistir en un acuerdo entre el Reino Unido y la Unión Europea de libre mercado, con ningún régimen arancelario. Y es aquí, cuando, a cualquier europeo -desde el más estúpido a la mayor eminencia intelectual- se le queda cara de imbécil porque, precisamente, esta es la situación que tiene hoy el Reino Unido como socio comunitario. Dicho en otras palabras, la Unión Europea se encuentra en la posición de la directiva de un club de campo, cuyo uno de sus socios -que además gracias a determinados privilegios paga tarde, mal y poco- decide dejar de formar parte del club, pero quiere seguir usando la piscina, las áreas comunes y el campo de golf en igualdad de condiciones. Una tomadura de pelo en toda regla. Si usted dejó de ser socio, dejó de serlo. Y nuestra relación será muy diferente.

Y este es, precisamente, el momento en el que nos encontramos. Ante las declaraciones, por no decir provocaciones, de Theresa May, los primeros en reaccionar fueron los empresarios alemanes que, en pocas palabras, dijeron que antes muertos que aceptar una locura de semejante tamaño. La amenaza es clara. Si los británicos tienen acceso libre al mercado único, sin estar sometidos a las normas europeas, sus empresas pueden ser objeto de ayudas públicas británicas, compitiendo deslealmente contra las europeas. Poco después, los gobiernos de Francia y Alemania, realizaron manifestaciones cautas, aunque claramente contrarias a la declaración británica.

El problema es económico, pero, esencialmente, político. Y precisamente por esta razón es imprescindible un fuerte liderazgo europeo; un liderazgo que los británicos no ven por ningún lado. Brexit is brexit, y precisamente por ello, la Unión Europea debe marcar el paso. No deben ser los británicos los que marque el paso ni la agenda política -hablan de dos años de negociación-. Desde el momento en el que soliciten la salida de la Unión Europea, la puerta se les debe abrir de inmediato. Con todas las consecuencias. Los británicos deben saber, de una vez por todas, lo frío que es el mundo real. Y Europa, debe estar preparada para asumir el coste que le corresponde, que no es poco.

Las instituciones comunitarias -no entraré en detalles jurídicos de procedimiento- debe aprobar las normas que suspendan inmediatamente al Reino Unido y lo coloquen fuera del club europeo. Y todo se le debe conceder a May, y también, algunas cosas más. Se deben cerrar las fronteras, imponer los aranceles correspondientes a las mercancías que ingresen y, por supuesto, suspender la libertad de circulación de capitales y suspender la libertad de circulación de los ciudadanos británicos -unos meros extranjeros ahora tales como los norteamericanos o argentinos- en territorio comunitario. Igualmente, la Unión Europea, debe mandar un mensaje claro a navegantes. Quienes establezcan tratados de libre comercio con el Reino Unido y lo tengan en la actualidad con la Unión Europea, deben esperar una renegociación del mismo. Y, por supuesto, ni un solo funcionario británico en las instituciones comunitarias. Ni uno sólo. Y una vez hecho, si quieren, negociamos.

Claro está, debemos estar preparados. La ola xenófoba que asola el Reino Unido, y unas decisiones de estas características, llevarán a establecer planes de retorno para los ciudadanos que viven ahora en territorio británico y que deseen regresar, ante el previsible hostigamiento por parte de las autoridades de la isla. Asimismo, no es de extrañar, tal como han amenazado, que el Reino Unido se convierta en un paraíso fiscal -como si no lo fueran ya con Gibraltar, la isla de Jersey o la isla de Man- debiendo tomar las medidas que la Unión Europea debió tomar hace ya mucho tiempo. Una amenaza que más bien parece una muestra de humos británico.
Lo escribí en esta columna hace ya un tiempo (El Reino Unido y la puerta abierta, 24-2-2016), para muchos, el Brexit era una especie de tragedia que debilitaba el mayor proceso de integración del mundo. Siempre estuve en desacuerdo. El Reino Unido era un cáncer, y lo sigue siendo, al proyecto europeo que, el propio paciente, se negaba a extirpar. Su salida debe servir para fortalecer el proceso de integración y demostrar, a aquellos socios que no creen en Europa ni en sus valores -como el racista y xenófobo gobierno de Hungría- cuáles son las consecuencias de abandonarlo.

Juan Francisco Ortega Díaz es Doctor en Derecho por la Universidad de Salamanca (España), Profesor de Planta de la Universidad de los Andes y Director del Grupo de Estudios de Derecho de la Competencia y Propiedad Intelectual de esa misma universidad.
 

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