Por: Armando Montenegro

Cabrones

Así se les dice a los que se saltan la cola, cambian inesperadamente de carril, hacen comentarios hirientes y otras cosas semejantes.

Don Manuel Seco define así al cabrón: “persona que actúa con mala intención o que hace malas pasadas”. Ya que la vieja obra de don Manuel se publicó antes de que la dictadura del lenguaje correcto se impusiera, no incluyó el término “cabrona” que, por designar del modo más preciso a ciertos personajes, bien merecería un lugar en el diccionario.

El profesor de filosofía de la Universidad de California-Irvine, Aaron James, dio un paso más y esbozó una teoría sobre los cabrones (assholes). James plantea que para que alguien tenga esta condición, debe cumplir simultáneamente tres condiciones:

(i)El cabrón, abusivamente, se toma ventajas y prerrogativas en las relaciones interpersonales y realiza sus cabronadas en forma sistemática, sin ninguna consideración por los sentimientos e intereses de los demás. Cualquier puede hacer, por descuido, afán o malgenio, alguna cabronada, pero los cabrones siempre son cabrones, en todo lugar y en toda circunstancia. Este es un rasgo estable y definido de su personalidad.

(ii)El cabrón actúa con arrogancia porque siente que él (o ella) tiene derecho a hacerlo. La característica esencial del cabrón es que se siente merecedor de privilegios y por ello desconoce, de entrada, que es igual que los demás, quienes, en su opinión, no merecen su consideración y respeto.

(iii)Le importa cinco lo que la gente opine de él. No escucha las quejas y los reclamos. Los encuentra irritantes e injustificados.

Los cabrones, obviamente, imponen costos a sus víctimas: las demoras y el malestar de la gente en la cola, el sufrimiento de quienes padecen sus comentarios, los frenazos de los carros vecinos…. Los cabrones, sin embargo, no son lo peor de la comunidad. Su impacto es más leve que el de los sicópatas, ladrones o estafadores. Para James, son algo así como la sobaquina, el mal olor de la sociedad.

A pesar de ser moralmente repugnantes, los cabrones, con alguna frecuencia, se mueven más o menos bien en la vida. Ascienden laboralmente, se casan, hacen negocios, dan clases o hacen parte de la farándula. Algunos, dados sus talentos, pueden ser líderes en los negocios, las artes o la política. James habla de los casos de Trump y Rockefeller, y la gente del fútbol podría pensar en Mourinho. Los colombianos sabemos que el lema de muchos de ellos es “usted no sabe quién soy yo…”.
James señala que la proliferación de los cabrones puede originarse en el debilitamiento de instituciones que amortiguan el individualismo: la familia, la religión (“no hagas a los demás….”), la justicia y la educación pública (en Estados Unidos). Se podría agregar a esa lista la falta de una cultura ciudadana de cooperación y respeto.
James dedica unas páginas a lo que llama el “capitalismo cabrón”. Según él, esta forma de capitalismo florece cuando la proporción de cabrones es demasiado elevada, al tiempo que las débiles instituciones no son capaces de contener su impacto sobre la sociedad. El autor, al respecto, señala que buena parte del desastre de la gran recesión de 2008 estuvo estrechamente relacionada con las cabronadas de cientos de banqueros que afectaron gravemente la economía mundial.

Aaron, James (2016) Assholes*: A Theory. Nueva York, Anchor Books.

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