Por: Ramiro Bejarano Guzmán

Cambio de tercio

No hay duda de que lo sucedido el martes en Estados Unidos con la llegada al poder de Donald Trump y la derrota de Hillary Clinton no nos puede resultar indiferente a los colombianos.

No es solamente que se trate del nuevo mandatario que regirá los destinos del que seguirá siendo nuestro más importante socio comercial, sino que todo lo que ocurra en la gran nación del norte aquí repercute, bien porque toca los bolsillos de todos o porque tenemos la marcada tendencia temperamental de imitar todo. Hasta los gigantescos desaciertos de los encuestadores que, como buenos culebreros, aquí y allá, siempre tienen justificaciones de sus imborrables errores.

Mientras el gobierno de Santos insistía en su tesis diplomática y prudente de que las relaciones colombo-americanas han sido siempre bipartidistas, el senador Álvaro Vélez Uribe, en un gesto oportunista, se precipitó a felicitar al nuevo mandatario, pero también a sugerirle subliminalmente que no apoye el proceso de paz con las Farc. Su mensaje cifrado fue el siguiente: “Felicitaciones presidente Trump; el narcoterrorismo de Colombia y la tiranía de Venezuela son los grandes enemigos de nuestra democracia”. Más claro no canta un gallo.

Uribe escribe tantas necedades que ya son comunes sus contradicciones no siempre menores. Y no me refiero a las que ha dejado al descubierto la pluma certera de Daniel Coronell, que el expresidente no ha podido desvirtuar ni controvertir, ni podrá hacerlo. En efecto, mientras Uribe en lo doméstico a última hora se montó en el bus de que él y los suyos también quieren la paz solo que tienen reparos a los Acuerdos de la Habana, su primera aproximación al presidente electo americano apunta a sembrar la idea de que ojalá la nueva administración no prohíje los esfuerzos por la paz.

¿Al fin qué? ¿Tendremos que creer que el Centro Democrático quiere que haya paz, o ahora con Trump en la Casa Blanca van a acariciar la alternativa de que no haya acuerdo con las Farc ni con el Eln, para que regrese la guerra que tanto añoran y que tan jugosos dividendos políticos les ha reportado? El pez por su boca muere.

Pero allí no pararán los ecos del triunfo de Trump en el resto del universo, y en particular en Colombia. Después de todo lo que se dijeron Trump y Hillary durante este agria campaña, y de las bruscas posturas del primero presentándose a los debates con las mujeres que en el pasado sindicaron de acoso sexual al marido de la segunda, o prometiendo encarcelar a su competidora, los americanos y el mundo quedaron tan enojados como extenuados. Eso explica en cierta forma la furia con la que muchos estudiantes gringos han salido a las calles a protestar contra este triunfo, porque se sienten ofendidos pero sobre todo amenazados. No se había visto jamás que la elección de un presidente americano suscitara una especie de “primavera árabe” en ciudades tan importantes como aquellas en donde se han venido suscitando las manifestaciones, las cuales seguramente se apaciguarán pero irán dejando un tufillo de inconformidad ciudadana que en el momento menos esperado puede revivir con consecuencias imprevisibles.

El estilo y talante de las campañas políticas ya no será el mismo en ningún rincón del planeta, y en eso hay que reconocer que el uribismo abrió trocha. Fácil resulta imaginar lo que tendremos que vivir en la próxima campaña presidencial aquí, por cuenta del uribismo que llegará envalentonado a desinformar y a mentir, como con el plebiscito, y, además, listo para criminalizar, calumniar, injuriar e irrespetar a sus contradictores y críticos en todos los tonos.

Volverá la guerra sucia en las campañas políticas, que entre nosotros implantó el temido asesor venezolano J.J. Rendón. Que nadie se llame a engaño, la última jornada electoral americana es el comienzo de lo que sucederá en los años que están por venir. Preparémonos para oír y ver de todo, menos argumentos.

Adenda. Mauricio Cárdenas, el inspirador de la retardataria reforma tributaria que hará más ricos a los poderosos y más pobres a los desposeídos, junto con el otro exministro de Minas, Tomás González, deben explicaciones por el desastre de Electricaribe y Fenosa.
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