Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Caminos condenados

“Zinc zinc, zinc, zinc, zinc”. Un golpe fastidioso, que proviene del techo, se acumula como una nube en la cabeza de Lucía.

“Zinc, zinc, zinc” mientras ella hace el aseo, “zinc, zinc, zinc” cuando está cocinando, “zinc, zinc” cuando está afuera en el patio extendiendo la ropa para que la oree el sol. Los ojitos de Lucía, frente y cejas apretadas, muestran su hastío: “Es la palma”, explica. Las hojas golpean las tejas: “un día de estos nos va a tapar hasta el sol”.

Lucía es una de las protagonistas de la novela gráfica Caminos Condenados, una colaboración entre la profesora Diana Ojeda, el guionista Pablo Guerra y los dibujantes Camilo Aguirre y Henry Díaz. Juntos, ilustraron la investigación (diarios de campo, grabaciones, conversaciones y análisis) de la geógrafa Ojeda en los Montes de María. Juntos, pintaron la cotidianidad, las voces y opiniones de quienes viven hoy en la región. De aquellos que hicieron frente a la noche que rompió familias e interrumpió la vida de la comunidad (desde 1997 hasta el 2007 se registraron 56 masacres, más de 200.000 casos de desplazamiento forzado y 80.000 hectáreas de tierra despojada).

La historia de este libro, que se lee y se mira, empieza con la desmovilización paramilitar. “Después de la desmovilización de 2007, pensamos que ya íbamos a vivir tranquilos”, cuenta otro de los protagonistas. En ausencia de paras y guerrilla, explica, empezaron a llegar los empresarios. El libro pinta los cambios: la puntada de las camisas de los recién llegados, los mapas enrollados de los topógrafos, los carros con ventanas empañadas por el aire acondicionado, los trabajadores cercando parcelas cada vez más grandes, los pozos de agua puerca con agroquímicos. Quienes se quedaron cuentan cómo se va cerrando el espacio. Al sumar parcelas los agroindustriales condenan los caminos: rutas por las que se transitaba para recoger agua, ir al colegio o ir a cualquier parte, están ahora atrapadas entre palmas aceiteras, que con sus formas de piñas flacas van encerrando a los sobrevivientes de la guerra dentro de sus propias parcelas.

Ojalá el libro pase por muchas manos. Que se lea, se esculque y se deshoje en bibliotecas de colegios, en la siempre llena Luis Ángel del centro de Bogotá. En la Piloto frente al barrio La Loma en Barranquilla, en la Luis Carlos Galán de Bucaramanga. Sus páginas pueden ser una brújula de sentido común nacional. Con un trabajo juicioso presenta una alternativa no sólo a la academia más acartonada sino también a los escritos recopilados en el marco de Memoria Histórica y a las narraciones más inmediatas de noticieros y telenovelas.

Las viñetas en que los protagonistas relatan sus recuerdos y aquellas en las que enumeran sus sueños sobre el futuro, tienen una textura distinta. El trazo del lápiz con el que se dibujó es más grueso, más gris, menos definido. Los habitantes de los Montes de María tienen recuerdos de lo atroz y lo vergonzoso del pasado. También tienen ideas sobre una mañana bonita en la que ellos, campesinos, puedan convertirse en empresarios del campo, que negocian directamente con mayoristas de la ciudad.

Entre memorias, ilusiones y representaciones del encierro, la novela cuenta, sobre todo, el presente de un posconflicto injusto. De los legados y continuidades de la contrarreforma paramilitar. En palabras de uno de sus personajes: “que un latifundista de esos tenga 3.000 hectáreas y que haya un campesino al que le toque arrendar un cuarto de hectárea para poder sembrar una mata de yuca para comer, eso es violencia”.

 

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