Por: Columnista invitado

Camisas blancas

Acá es inusual que la gente salga masiva y espontáneamente a las calles. Por eso, las marchas del 10-A ameritan un análisis que trascienda el partidismo intelectual y la descalificación moral.

Por Iván Garzón Vallejo

¿Cómo se pueden interpretar políticamente las marchas de miles de ciudadanos en ciudades como Bogotá, Medellín y Cali, pero también en Sincelejo y Ocaña?

Lo más evidente es que la gente está dispuesta a movilizarse si siente que lo hace no sólo por una buena causa, sino por una que lo afecta directamente. La intromisión en la educación de los niños, paradójicamente, indignó más que casos escandalosos de corrupción o mala gestión gubernamental que tuvimos recientemente. Aún en un contexto en que no existe una única moral compartida es innegable el potencial movilizador de los asuntos éticos y religiosos.

Pero también estamos en una época en la que, como advierte Moisés Naím, el poder está menos distante, más repartido y los ciudadanos tienen más formas de comunicación y razones para cuestionarlo. Ello hace que la indignación tenga capacidad de convocatoria y sea el lenguaje de la protesta. A ello contribuyeron las notorias contradicciones de la ministra, pues generaron una sensación de engaño que se tradujo en una multitud reunida frente a su despacho.

En este sentido, fue evidente que la implementación de políticas públicas contramayoritarias trae un alto costo no sólo en términos de impopularidad en las encuestas, sino también de rechazo popular callejero (los ejemplos comparados abundan). La ambigua reacción presidencial del día siguiente demostró, una vez más, las dificultades de este gobierno para ser popular. Incluso, la misma polémica que suscitaron unas cartillas que pudieron retirarse a tiempo revelan la desconexión de un gobierno catalogado desde el vamos como excesivamente centralista, bogotano y de estrato seis.

Ciertamente, las marchas y las reacciones a las mismas pusieron de presente nuestra acostumbrada tendencia a caricaturizar la postura contraria y a hacer de las agresiones personales el modo de tramitar las diferencias conceptuales. También nuestra dificultad para escucharnos unos a otros y tratar de entendernos a pesar del disenso. Por ello, las inaceptables descalificaciones personales a la ministra Parody fueron respondidas con la pedantería de quienes desearían ser gobernados por una aristocracia políticamente correcta.

Finalmente, estamos ante un incipiente populismo moral, cuyos líderes le dan voz a mayorías silenciosas que se movilizan por causas morales y demandan mayor incidencia en las decisiones del poder público. En este sentido, la conexión de las marchas del 10-A con los referendos de Gilma Jiménez (cadena perpetua para los violadores de niños) y de Viviane Morales (prohibición a los homosexuales de adoptar niños) es indudable. En 2018 podremos medir los efectos electorales de este populismo moral.

¿Será capaz el acuerdo de paz con las Farc de generar una movilización semejante en convicción a la del 10-A? Ello dependerá, entre otras cosas, de si los promotores del Sí y el No interpretaron bien el significado de las miles de camisas blancas que se vieron.

@IGarzonVallejo

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