Por: Iván Mejía Álvarez

Campeón

Son cosas diferentes. Una es el paladar, el gusto, las sensaciones que brinde un equipo, y otra completamente diferente la justicia de un resultado.

No hay dudas que en el camino de la inmensa mediocridad de unas finales insulsas y sin buen fútbol, de un torneo lleno de problemas y con pocas novedades técnico- tácticas, con muy pocos partidos de alto vuelo, Santa Fe es el justo campeón. Por así decirlo, fue el menos malo, el que mejor hizo las cosas en medio de sus propias limitaciones.

En ese sentido, Gustavo Costas demostró ser muy inteligente. Cuando vio que no tenía material para armar un equipo a su gusto particular, al fútbol elaborado y con buen toque, optó por montar un equipo ultradefensivo, rocoso en el medio, con sólidos respaldos y gestiones colectivas que le ayudarían a mantener su arco en cero. A partir de una defensa de tres, alta, fuerte, buena cabeceadora en las dos áreas, con volantes laterales de fuelle y salida, que bien podían hacer el trabajo de flechas largas en su desdoblamiento y de concretar el cinco en defensa cuando las circunstancias lo requerían, con un manejador de transiciones con pases cortos y largos y dos puntas movedizas que sabían explotar los espacios vacíos, los rojos terminaron ganando sin proponer un juego vivaz y alegre.

Y allí es donde entra el otro aspecto: el paladar. Santa Fe cambió vistosidad por intensidad para recuperar la pelota con presiones altas y medias que le permitían mantener el control del juego y ahogar al rival. Santa Fe se alejó de la posesión de la bola, pero encontró el correcto aprovechamiento de los espacios cuando sus delanteros hacen diagonales para llegar al gol.

Costas fue muy inteligente en la forma en que mutó su equipo, hizo la transformación y la implementó. Sigue teniendo un magnífico rendimiento en la pelota quieta —al final, un gol de Urrego con balón detenido le dio el título— y una gran preparación física, porque para correr, morder, pelear, ahogar al rival y presionar en la recuperación se requiere mucho aire. Correr detrás de la bola cansa mucho más que tenerla y descansar con ella.

Santa Fe es el campeón porque supo a qué iba a jugar y apostó por valores colectivos para subsanar la ausencia de talento y creatividad. Puede que no sea del gusto, del paladar de la gente, pero es efectivo y ganador gracias a su sentido del sacrifico y los criterios de generosidad en el esfuerzo dentro de la cancha.

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