Por: Fernando Araújo Vélez

Cantar, romper, volar

Aquella canción de un toro enamorado de la luna, y aquella otra que me hizo creer que los cantantes llegaban de otro mundo, “¿De dónde serán, serán de La Habana, tierra soberana?”.

Aquella frase que se me clavó en el pecho una tarde de jueves y no salió nunca más, porque nunca más pude comprender los porqués de los porqués de quienes sencillamente no nos dejaban ser, “Let it be”. Aquel verso de León Felipe que Serrat hizo canción y que tomé como mío, aunque me demorara años en entenderlo, “Cuántas veces te grito, hazme un sitio en tu montura, caballero derrotado, hazme un sitio en tu montura que yo también voy cargado de amargura…”. Aquel canto lacerante de Raphael perdido en un disco de tapa blanca que hablaba de trabajos y cadenas y me situaba en una especie de infierno, “Arrastrar la dura cadena, trabajar sin tregua y sin fin, es lo mismo que una condena…”,  

Este devolverme para hallar los primeros pasos de mi camino, y este encontrar aleatoriamente canciones y partes de canciones que me llevaron a otras canciones y a concluir que allí, en lo que cantaban aquellos mágicos seres, estaba La verdad. Este dolerme, luego, de que no fuera así, y este no haber querido admitir que las canciones sólo eran canciones compuestas por un alguien y cantadas por ese alguien con sus propias verdades. Este recordar tantas tardes y tantas noches y tantos discos y tantas historias, y este volver a sentirme protagonista de ellas sin necesidad de musitar una palabra. Este desandar mis pasos y caer en la adolescencia y en aquellos casetes grabados por debajo de cuerda que circulaban de mano en mano en madrugadas de ruana y ron y subversión. Este cantar de nuevo, como antes, “Los amores cobardes no llegan ni a amores ni a historias, se quedan allí”.

Esta especie de fetiche de copiar en un papelito una letra, una frase, y leerla mil veces para atreverme a romper, para arriesgarme a hacer, para saltar y cantar “Cuando el mundo tira para abajo es mejor no estar atado a nada”, para cantar otra vez y gritar “Prohibido olvidar” y juntar a dos o tres que canten también, pues en los cantos no hay más odio que el odio de los que imponen y pisotean y machucan y machacan. Esta sensación de que entre canciones el mundo no va: vuela. Esta locura de pensar por varios años qué significa una frase, “Prefiero tomar a pedir”, y de actuar como esa frase.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Fernando Araújo Vélez