Por: Arturo Guerrero

Cargados de tigre

Disminuido el expresidente a motivo perpetuo de caricatura, el espectro del uribismo pervive como modo desalmado de razonar entre personas.

Su talante atravesado montó al país a un cuadrilátero cuyas esquinas polarizadas se muestran los colmillos.

Claro, el temperamento trompadachín colombiano no se lo inventó el “pequeño tirano”, como llamó al personajillo una feliz parodia virtual en su época. Ese acento viene de tempestades centenarias, de guerras macheteras, de líneas rojas cuyo traspaso era vedado a pueblerinos liberales o conservadores so pena de caer muertos.

Lo que hizo el uribismo fue volver contemporáneo ese odio. Lo exacerbó en pleno reino del narcotráfico. Sopló rescoldos tibios entre cenizas difuntas y les infundió fulgor gracias a la omnipotencia de la mafia.

Además, le dio filosofía, bendición ética e institucional a la manera rastrera de comunicarse entre humanos. Durante ocho años el país fue sometido al alto voltaje de la carga de tigre.

Este masaje espiritual es la herencia que hoy subsiste, en calidad de victoria histórica de aquellas fuerzas. Y como costra inconsciente que forra las circunvoluciones cerebrales de las mayorías. Veamos unos casos sombríos:

Hoy no es época de comicios, no hay disyuntiva entre un candidato malo y otro peor. Sin embargo, por vía de alianzas, adhesiones, guiños y avales preelectorales, los recién posesionados mandatarios de ciudades y departamentos están signados en la frente con cruces o esvásticas.

Todos persiguen futuras curules propias o de amigos. Todos sacan a la mesa cartas marcadas. Todos hacen nombramiento de gabinetes comprados. Todos guardan secretos pactos de cemento con constructores. Todos son los sospechosos de siempre.

Algo similar ha ocurrido desde hace tres años con las negociaciones de La Habana. Se le entrega el país al castrochavismo, se recortan las Fuerzas Armadas, se les regalan curules a los facinerosos, se engordan sapos como dieta general venidera.

Así las cosas, el debate público es un vicio. Como primer paso, se alinea al contendiente en un bando de hierro. Sólo entonces se toman en consideración sus ideas y propuestas, espigando en ellas lo irritante. En todo caso, se escudriña la malignidad de la persona y de sus actos.

El punto de llegada resulta igual al punto de partida: la descalificación sumaria. Bajo este simulacro de diálogo, da órdenes el prejuicio. Ninguno de los dos contrincantes enriquece la mirada, ninguno les da oportunidad a la sorpresa ni a la complejidad de los prismas.

Discordia mató a concordia. La zarpa del tigre tronchó los abrazos.

Esta exasperación del pensamiento prende alarma ante la inminencia de una firma de paz. Se apagan los fusiles, y eso es suma consolación, pero se incendian las mentes, carboniza el verbo.

Colombia no puede seguir siendo confederación millonaria de países enemigos. Nadie aguantaría otros 100 años de soledad. Esta raza no merece ser más la de los condenados de la tierra.

 

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