Por: Cartas de los lectores

Carta abierta a Gonzalo Sánchez, director del Centro de Memoria Histórica

Querido Gonzalo, mucho te agradezco el envío de tu importante artículo: “Yo estuve en... El acto de reconocimiento de las Farc ante víctimas de Bojayá”, aparecido recientemente en El Espectador.

Leí también otros testimonios, como el de María Jimena Duzán en la revista Semana, quien también fue una de las invitadas a este acto solemne, doloroso... y  necesario. María Jimena dice en su texto: “las víctimas no querían cámaras de televisión ni medios que los mostraran sin contexto y sin pudor”.
 
Sin embargo, yo creo, querido Gonzalo, que Colombia entera ha debido asistir a la ceremonia de Bojayá. Como bien dices en tu texto, esta masacre fue quizás una de las peores de las perpetradas en esta guerra demencial: “Con Bojayá, la guerra en Colombia se quedó sin argumentos”. Sí... yo creo que en Bojayá tocamos fondo. El sin sentido del horror fratricida cobró allí las dimensiones de una catástrofe humana incalculable.
 
Por eso siento que la ceremonia de Bojayá debió haber sido vista en directo por todo el país, así como todos los actos que vendrán de ahora en adelante con la Comisión de la Verdad y la Reconciliación. Sudáfrica, durante dos años presenció, a través de la televisión, las sesiones de su propia comisión de la verdad.
 
Quien quiera enterarse de qué pasó en ese país, puede encontrar en Youtube cientos de horas de estas conmovedoras audiencias públicas, que el periodista afrikáner Max du Preez presentó domingo a domingo. La importancia de transmitir estos eventos por la televisión, la radio, las redes sociales, los medios escritos, es enorme: la poeta Antjie Krog dice que estos desgarradores relatos, a los que tuvo acceso el público, permitieron que la dimensión del horror fuera comprendida y abarcada por su pueblo, entrando así a hacer parte de la traumatizada psyché colectiva de Sudáfrica. 
 
Los canales privados y públicos, en una alianza sin precedentes con los otros medios de comunicación y en un gesto de corresponsabilidad por la paz de Colombia, deberían unirse para transmitir en vivo estos realities: yo creo que no puede haber mayor pedagogía de la paz que escuchar de boca de víctimas y victimarios los relatos del horror y de la pesadilla que Colombia ha vivido en este más de medio siglo de infamia.
 
Expandir la esfera del duelo a través de las voces de quienes vivieron en carne propia la guerra, nos permitirá llegar a esa catarsis colectiva que los colombianos aún no hemos querido enfrentar... para que lleguemos a decir un día no sólo ¡Basta ya!, sino ¡Nunca más!
 
Álvaro Restrepo
 
 
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