Por: Aura Lucía Mera

Cartagena

Los chillidos desgarradores me llevaron a pensar que estaban degollando un infante.

Alcé la cara y vi la cacatúa. Azul y amarilla, asomándose a la terraza del tercer piso. Unas maría mulatas se acercaban curiosas en círculo, desplegando sus colas negras en triángulo. El sol quemaba despiadado y un cielo azul salpicado de nubes como crispetas desparramadas trataban en vano de refrescar el aire.

Salí de la piscina, recalentada —todavía ignoro si por el astro rey o la cantidad de niños que aportan sus fluidos tibios— y quemándome las plantas de los pies. Logré llegar a la playa donde me aposenté debajo de la carpa naranja en mi silla Rimax. Un oleaje espeso y turbio se estrellaba en espumas contra la arena y la hacía brillar con punticos metálicos.

Desde la silla plástica y con el sombrero calado hasta las narices me gocé el bazar colorido y variopinto. Mulatas cimbreantes ofreciendo masajes, la carreta llena de cocos, el carrito blanco de ceviches, los morenos fornidos con sus brazos cubiertos de perlas y collares de colores, las lanchas desvencijadas que jalan colchones inflados hasta que sus ocupantes caen cual fardos al agua salada, un banano gigante amarillo en el que los incautos se montan a horcajadas y arriesgan salir disparados como proyectiles y quedar sumidos en medio del oleaje hasta el rescate. Las cometas que luchan contra el viento y una especie de cacharros voladores ensordecedores que amenazan con caerse en cualquier momento encima de los bañistas.

Cachacos rojos como langostas. Niñitos con baldes construyendo sus castillos. Desfile continuo de nalgas siliconadas y pechos contundentes, dignos de ganarse el tetatón tan de moda. Abuelos con pantalonetas de lana “pico e gallo”, reverendas matronas de la sexta edad tratando de no naufragar. Por la noche, en la plaza del Santa Clara, un gordo de peluca rubia y con faldón que le cuelga del ombligo pa´bajo imita a Shakira con su waka waka, un movimiento de caderas que ya lo quisiera cualquiera. Kola Roman. Alegrías. Perlas, tambores y palmeras.

Fin de fiesta. Últimos días de las vacaciones de verano. Hay que exprimir hasta el último minuto.

Se nota el progreso. La ciudad vieja vibra a todas horas. El túnel de Crespo es una machera. La doble calzada hacia Barranquilla, con viaductos que protegeran la Ciénaga de la Virgen, los centros comerciales, eventos internacionales, empresariales, sociales.

Pregunto por el alcalde Manolo y escucho que le quieren. Transcaribe ya llega a barrios apartados. Taxis amarillos y Uber conviven en armonía. Los vientos de agosto refrescan las tardes, y chubascos feroces caen repentinos para permitir una media luna rojiza, con una estrella enamorada a su lado. Cartagena, ciudad única. ¡No importa la cacatua del tercer piso!

 

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