Por: Juan Carlos Botero

Cerca de África

Los nombres resuenan en la mente: Botsuana, Zambia, Namibia, Zimbabue. El punto de encuentro de estos cuatro países es el río Zambeze, famoso por las cataratas de Victoria, vistas por el primer europeo, David Livingstone, en 1855.

Aunque aquí el nombre de la gran cascada es otro: la poderosa corriente que fluye y resbala sobre rocas lisas y pulidas y se precipita rugiendo al vacío es Mosi-oa-Tunya, Humo que truena. Y basta arrimarse con cautela y asomarse al precipicio de la catarata para apreciar el nombre, porque las bocanadas de rocío semejante al humo se extienden por el cielo y el estrépito de aguas que retumban sin cesar es ensordecedor, y se ve un arco iris perfecto que cruza el hondo cañón, idéntico a una grieta inmensa abierta en la tierra. Humo que truena.

El ferry para cruzar a Botsuana está averiado. Un camión con su pesada carga de lingotes de cobre perdió los frenos y desbarató un costado; entonces hay que acudir a una lancha antigua, similar a las naves anfibias utilizadas en la Segunda Guerra Mundial. El accidente es grave para el comercio. La fila de camiones es de varios kilómetros de largo, y por eso se está construyendo un puente que algún día sustituirá el ferry, pues la espera de los camiones es de una semana o dos en promedio, pero cuando ocurre un percance como éste la demora puede superar el mes. Más de 30 días de cola, con todos estos camiones calcinados bajo el sol, y los conductores duermen dentro de su vehículo y cenan en las casetas que bordean el camino. Esto es África.

Las imágenes son de no creer. Hay dos leones tendidos en la sabana, llenos de un festín de la noche anterior, sanos y fuertes, dormitando antes de salir a patrullar en el ocaso. En torno a la barriga satisfecha están las moscas posadas sobre la piel del color del pasto seco, cerca de la carne en proceso de digestión. Las garras son enormes, y cuando el animal se yergue y bosteza revela una dentadura inverosímil en su blancura, de colmillos enormes y la lengua larga y rosada, y todo enmarcado por la gruesa melena de mechones negros. Una bestia serena y magnífica. Majestuosa.

De noche se oye el trajín de los elefantes. Están muy cerca, derribando los árboles para alcanzar las hojas más altas y tiernas de las copas. No se puede dormir por el ruido. Caen los árboles, uno por uno, y se oye el zarandeo de ramas y las hojas arrancadas por las trompas que husmean, ágiles y ávidas, como si tuvieran vida propia. A veces no se puede llegar a los cuartos porque estos formidables animales se han tomado los predios y es un peligro acercarse demasiado.

Otro día descubrimos una cebra medio devorada, con la cabeza aún intacta pero sin ojos, arrancados por los buitres. Su dentadura parece congelada en una carcajada macabra, y el costillar abierto brilla rojo en el sol. De pronto aparece una leona que se acerca con calma, olfatea el cadáver y se tiende a su lado para lamer y devorar la carne. La observamos un rato, viendo cómo quiebra los huesos, las uñas hincadas en el pellejo blanco y negro, arrancando trozos de carne. En ésas suena un quejido, y descubrimos sus cachorros que no están lejos, ocultos entre la maleza. Juegan mientras esperan a su madre. La muerte y la vida se dan la mano en África, y esta imagen parece resumir y celebrar esta tierra inolvidable.

 

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