Por: Saúl Franco

China: saberes milenarios y problemas contemporáneos

Estiman los investigadores que la medicina tradicional china existe hace cerca de 3.400 años.

Un conjunto de saberes y prácticas que logra persistir durante tanto tiempo, debe tener mucho de verdad y ser muy útil. En particular desde el siglo pasado, este saber ancestral ha penetrado cada vez más en occidente y hoy hasta la Organización Mundial de la Salud recomienda integrarlo en las políticas y sistemas de salud, regulando sus prácticas y tratando de hacerlas accesibles.

La medicina China tiene dos grandes objetivos: curar las enfermedades y mantener la salud. Está basada en entender que la existencia individual del ser humano es inseparable de la vida de todo el universo; que la enfermedad depende de los desequilibrios de la energía vital; que estar sano significa no sufrir enfermedad y ser feliz, y que el énfasis no hay que ponerlo en la enfermedad sino en el ser humano. Recurre a un conjunto complementario de prácticas, entre ellas: acupuntura, fitoterapia, masajes, dieta, meditación y ejercicio físico.   

Durante la revolución liderada por Mao Tse Tung a mitad del siglo pasado, la atención médica, basada en la medicina tradicional y con financiamiento estatal, se centró en la población rural, entonces mayoritaria. Los médicos descalzos cumplieron un importante papel en labores preventivas, higiénicas y de atención de las enfermedades más comunes. La cobertura era amplia en términos poblacionales, pero con limitaciones para la atención de enfermedades de mayor complejidad.

Desde finales del siglo pasado se vienen dando en China cambios de fondo en la organización social y política y en el modelo económico. El sistema de salud no ha estado exento. Al contrario: ha sido uno de los principales escenarios de la abierta confrontación entre el saber ancestral y la medicina occidental, y entre un modelo solidario, participativo, de fuerte presencia estatal, y el modelo - ya imperante entre nosotros-  de mercado, aseguramiento individual, medicalización y baja participación real del estado en su  financiación y regulación.

Con todo y su valioso saber ancestral, China enfrenta actualmente desde enfermedades también milenarias – como la lepra, de la cual reportó 681 casos en 2015 – hasta los graves desafíos sanitarios derivados de las nuevas formas de vida, trabajo y distribución de la riqueza, y el problema no resuelto de los servicios de salud para sus 1.400 millones de habitantes. La crisis climática está llevando a un acelerado crecimiento de sus desiertos, al tiempo que se hace incontrolable la contaminación del aire en sus grandes ciudades.  Presenta tasas envidiables de homicidio – 0.7/100.000 habitantes - pero tiene tasas de suicidio de 22.2/100.000, que duplican la media mundial y alcanzan cifras escandalosas entre las mujeres jóvenes y ancianas de las zonas rurales.

Hasta hoy, el país no encuentra un rumbo claro en su sistema de salud. A pesar de que este año se aprobó el programa China saludable 2030, y de que su presidente Xi Jinping propuso poner la salud en el centro de las preocupaciones políticas para poder garantizarla a toda la población, cada vez hay más insatisfacción y hasta violencia en los servicios.  La privatización de los hospitales ha tenido consecuencias negativas en calidad y costo. El gasto en salud pasó de 3.2% del PIB en 1980 a 5.6% y como el estado aporta menos del 20%, la gente tiene que gastar más de su salario y su bolsillo para lograr una atención adecuada. Las exclusiones e inequidades se están incrementando. Además, la diversidad cultural, regional y de niveles e instancias gubernamentales, hacen casi imposible la vigencia real de un sistema nacional de salud.

En China se está jugando buena parte del futuro global en muchos campos de la vida social, económica y política, incluida la salud. No sólo hay que estar pendientes. De alguna manera hay que participar también en el debate.

Médico social. 

 

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