Por: Beatriz Vanegas Athías

Ciertos e inciertos

A esta excluyente Colombia podríamos también leerla como un país que se debate entre la certidumbre y su antónimo estado: la incertidumbre.

Los seres ciertos  son aquellos cuyas vidas navegan por el mar de la confianza ante la seguridad que prodiga poseer un poder que los blinda de todo mal y de todo castigo ante vejámenes cometidos: incluso de la muerte; ostentan un poder que  les proporciona una vejez placentera disfrutando de la inefable felicidad; felicidad  y placidez obtenida gracias a la incertidumbre sembrada en los que carecen de certezas, es decir, los inciertos.

Los que se ufanan de sus certezas, son esos seres nombrados por el poeta José Manuel Arango y  que llegan pisando duro /que gritan y ordenan/que se sienten en este mundo como en su casa/Gentes que todo lo consideran suyo /que quiebran y arrancan /que ni siquiera agradecen el aire  /Y no les duele un hueso no dudan /ni sienten un temor van erguidos /y hasta se tutean con la muerte /Yo no sé francamente cómo hacen /cómo no entienden.

Es cierto, yo tampoco entiendo cómo hacen, cómo no entienden que la vida es un pucho, una llamita al viento como dijo Barba Jacob en su inmortal poema Futuro; cómo se arraigan en los mitos y costumbres del pasado o en las fantasías de un utópico futuro, imaginarios estos que les impide asumir con responsabilidad el único tiempo cierto que tenemos: este presente en el que escribo esta columna y usted lector la lee.

Por ello,  estos seres con franca y onerosas certezas, van por la vida sin una pizca de noción de la incertidumbre: aplazan el beso, la cópula, el paseo, la copa de vino, el libro dejado a medias, la gratitud y se sienten poderosos, ignorando a la propia muerte, a la misma que tenemos detrás de la oreja. Pero este alarde de soberbia, no sólo es propio de los poderosos o de los seres inamovibles en sus verdades absolutas, es decir,  los mismos que dirigen los destinos de los pueblos. Los que deshacen vidas para su placer.  Usted lector, también ha incurrido en ella cuando subestima la incertidumbre y la oportunidad de dudar y así ignora como afirma Kant, que se mide la inteligencia del individuo, por la cantidad de incertidumbres que es capaz de soportar.

La incertidumbre en nuestro país es un estado exclusivo para los desposeídos, para los excluidos como Yuliana Samboní; para los que han padecido la insoportable banalidad de aquellos que transitan por los predios infames de la certidumbre y de la invulnerabilidad como el señor Uribe Noguera.

 

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