Por: Melba Escobar

Colombia, raza pura

Los inmigrantes no son una fuerza de trabajo, un músculo sano capaz de trabajar hasta la extenuación por módicas sumas.

Hasta ahora han sido y son las raíces diversas y creativas de culturas, mentalidades, creencias, formas de hacer las cosas, de ver el mundo y de resolver problemas de maneras insospechadas para los locales. 

De acuerdo con un estudio reciente, aunque los inmigrantes representan alrededor del 13 % de la población estadounidense, dan cuenta del 26 % del total de emprendedores, y en el equipo de liderazgo, cerca del 36 % de las nuevas empresas tienen extranjeros entre sus creadores. Por eso, los recién llegados han sido el motor detrás de la vitalidad cultural y económica de Estados Unidos, no los culpables de su declive.

Y así ha sucedido también en España, donde latinoamericanos han creado empresa como respuesta al desempleo, no sólo estimulando los mercados, sino también llevando el tradicional rebusque, la recursividad y otras formas de emprendimiento a la madre patria. En Chile es cuatro veces más probable que las empresas las creen inmigrantes a que lo hagan los mismos chilenos. En Perú abundan las empresas colombianas, así como la impronta china y japonesa en la cultura y la economía. En Venezuela, los inmigrantes italianos, españoles y portugueses que llegaron principalmente entre 1950 y 1960 se dedicaron al emprendimiento con diez veces más probabilidades de éxito que la población local. Los albaneses en Grecia son quienes están aumentando los índices de empleo y remuneración de los griegos que nunca se fueron.

Es así como la población inmigrante no sólo es favorable, sino también necesaria. Como lo expone el profesor de Harvard Ricardo Haussman en su investigación de Project Syndicate: “La migración hace que el nuevo país se vuelva bueno en lo que el viejo fabrica con éxito”. O para exponerlo de un modo más coloquial, la renovación, la energía y la vitalidad de afuera se necesitan para renovar a las naciones.

Lo paradójico es que la política de inmigración en varios países en desarrollo suele ser aún más restringida que la de Estados Unidos. Esta puede ser la explicación del estancamiento de economías como la chilena, concluye Haussman. Sin embargo, el caso más extremo en Latinoamérica es el de Colombia, donde la población inmigrante no alcanza ni siquiera el 1 %.

Muy en línea con nuestra naturaleza contradictoria, promovemos el turismo extranjero con campañas como “el riesgo es que te quieras quedar”, sólo para terminar imposibilitando que los extranjeros se queden. Haber suspendido el mecanismo que teníamos con Mercosur para otorgar visas a países miembros, por ejemplo, con el pretexto de que Venezuela no nos corresponde con reciprocidad, es absurdo, por no decir facho. Colombia es la que se pierde de las habilidades de quienes, aun queriendo vivir aquí, se ven enfrentados con una política migratoria cerrada y excluyente hasta convertirnos en uno de los países más herméticos del globo: seríamos el sueño nacionalista de un mandatario con delirios de raza pura como lo es el patético ciudadano americano Donald Trump, ahora presidente de Estados Unidos.

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