Por: Columna del lector

Colombia: un país donde da miedo ser mujer

Ese es el mensaje que como sociedad les estamos enviando a nuestras niñas, jóvenes y mujeres.

Por Charlie Ruth Castro

Y este mensaje se refuerza con el feminicidio de Yuliana Samboní, una pequeña de siete años que fue secuestrada, abusada sexualmente y torturada, presuntamente a manos de un hombre de 38 años que vive en uno de los mejores sectores de Bogotá. El 2016 cierra con 40 casos más de feminicidios que el año anterior, y no han pasado ni un par de semanas desde que Nataly Salas y Dora Lilia Gálvez fueron violadas, golpeadas y empaladas antes de morir.

Detrás de cada acto de violencia contra una mujer —sea cual sea su edad— se encuentra la intención de ejercer control coercitivo sobre ella, no importa que sea a nivel físico, cultural, social o institucional. Y tristemente, en esta sociedad machista que asfixia sistemática y permanentemente los derechos de las mujeres, el control coercitivo tiene su raíz en la pobre educación que les brindamos a nuestras niñas, niños y jóvenes sobre sus derechos humanos, sexuales y reproductivos desde tempranas edades.

Sumemos a esto las ideas equivocadas con las que criamos a los niños sobre las relaciones de poder y dominación, donde les mostramos que los conflictos se resuelven expresando ira, reprimiendo sus emociones y “siendo machitos-machitos”, mientras que las niñas están llamadas a no agredir ni objetar para mantener su “rol femenino”. Las limitaciones en estos paradigmas también derivan en la negación de la posibilidad para discutir o cuestionar la autoridad de los adultos o siquiera de dudar de su comportamiento, y entonces es allí donde los abusadores utilizan la confianza del menor para iniciar un contacto muy personal o su fuerza para transgredir sus derechos.

Nos duele esta situación. A mí, no sólo me duelen los desenlaces fatales y sonoros como los de Yuliana. Diariamente también me duelen los casos de los niños, las niñas y las mujeres que mueren en vida con cada día de abuso, violencia, discriminación e injusticias variadas, silentes e impunes.

Debemos seguir denunciando enérgicamente estos casos, exigiendo todo el peso de la justicia y el cumplimiento de condenas ejemplarizantes para los criminales. Sin embargo, más allá del repudio, la condena y la indignación generalizada —y atizada también por el amarillismo mediático— preguntémonos:

A nivel individual y social, ¿estamos haciendo lo suficiente para educar mejor a nuestras niñas, niños y jóvenes sobre el ejercicio libre y responsable de sus derechos humanos, sexuales y reproductivos? ¿Les hablamos de forma clara, honesta y directa sobre las causas y las consecuencias de la violencia? ¿Les enseñamos cómo prevenir situaciones riesgosas? ¿Les hablamos sobre equidad de género, respeto a la diversidad y promoción de los derechos humanos?

El repudio no es suficiente. Quejarnos por quejarnos, sin tomar acción y sin generar soluciones reales sobre los problemas no está modificando en nada las crecientes cifras de violencia de género. Por ocupar el asiento pasivo de la queja y el escándalo, estamos perdiendo como sociedad oportunidades valiosas para reeducarnos en lo verdaderamente importante: una nueva narrativa de paz basada en la educación y en el absoluto respeto por los derechos humanos.

Por favor, no esperemos a que el sensacionalismo, la misoginia y la negligencia sigan inundando con miedo e ignorancia a la niñez y a la juventud de nuestro país. Pero, sobre todo, no nos quedemos en la posición pasiva de la condena y en el repudio vano sin animarnos a tomar un papel más activo para educarnos mejor sobre lo importante. Necesitamos un país donde a las niñas y las mujeres no les dé miedo ser lo que son, ni se sientan condenadas a vivir limitadas o amenazadas.

@charlieruth

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