Por: Catalina Uribe

Colombia y el guayabo del populismo

A raíz de que varios países en Occidente empezaron a adoptar gobiernos de corte “populista”, analistas han intentado explicar los motivos de esta tendencia. Uno de los temas recurrentes ha sido el de los ciclos históricos.

Se ha argumentado que cada cierto tiempo, por razones políticas, culturales o de tipo económico, surgen gobernantes que se muestran como los salvadores de aquello que tanto agobia a la ciudadanía. Para explicar el éxito de Trump en EE.UU., Orbán en Hungría o Le Pen en Francia, se les ha comparado, por ejemplo, con Mussolini, Lenin y hasta con Pericles. 

De hecho, dos profesores estadounidenses se acercaron la semana pasada a preguntarme si nosotros los latinoamericanos, que recientemente pasamos por una racha de gobiernos populistas, podíamos darles algunas ideas para entender lo que ocurre en el mundo. Y aunque hablar de “populismo” es supremamente vago, no se equivocan cuando hablan de “la racha populista” de la región. Por nombrar algunos, Chávez, los Kirchner, Lula, Morales y Uribe llegaron respectivamente a salvar al país del “imperialismo”, “la deuda”, “las élites”, “las Farc”, tomando todo tipo de decisiones a nombre de la gente o del pueblo.

Lo curioso del “populismo latinoamericano” es lo que vino después. En un artículo para Foreign Affairs la analista Shannon O’Neil habla de la resaca del populismo en nuestra región. Allí afirma que los votantes, cansados por la turbulencia política y económica, han empezado a moverse hacia pragmatistas moderados como Macri en Argentina o Kuczynski en Perú, a la vez que han salido masivamente a protestar por los estragos de gobiernos anteriores. En Brasil, Guatemala y Honduras, por ejemplo, millones salieron a rechazar la corrupción de los gobiernos de Lula, Pérez Molina y Hernández.

El caso colombiano, entre otras cosas por el conflicto armado, es bastante particular. No sólo parece que nos saltamos el guayabo de indignación contra la corrupción, sino que vamos a contracorriente de la región. Debería preocuparnos que casi todos los candidatos que suenan para la elección del 2018 tienen un gran desprecio por la ley y por los valores democráticos. Algunos incluso vienen con grandes sospechas de corrupción. Ir contracorriente no siempre es malo, pero sí lo es cuando nos movemos para lo peor.

 

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