Por: Cecilia Orozco Tascón

Como dicen por ahí: averígüelo Vargas

De carnavales deben estar los señores uribistas ante el enredo creciente del acuerdo de paz: a las enormes complicaciones que generaron con sus 53.000 votos (el 0,43% del total) de ventaja para el No, y con todos los peros que se han inventado para despreciar los derechos de los 6'430.000 personas que manifestamos Sí a la paz “ya”, ahora se suma el fuego amigo que dispara desde las propias instituciones del Estado.

El confuso caso de un supuesto guerrillero de base contra el que hace apenas 15 días, el débil ministro de Justicia emitió resolución definitiva de extradición a Estados Unidos, complica todavía más el  proceso de concentración y desarme de las Farc. Al margen de los intríngulis del asunto particular del individuo Alberto Villota, preso en la Picota y a la espera de ser recogido por la DEA, vale mucho la pena preguntarse por qué el mismísimo Ejecutivo que ha dedicado seis años a negociar con esa guerrilla, arriesga la confianza entre las partes cuando el acuerdo está a punto de salir del horno, con su autorización de extradición de un personaje que no tiene mayor importancia en el mundo de las drogas. En efecto, no se trata de la reencarnación de Pablo Escobar, sino de uno  entre miles. 

Villota es requerido por dos cortes estadounidenses acusado de pertenecer a un clan de cocaína. La inclusión de su nombre en las listas de extraditables viene de febrero de 2014 (ver) y los fuertes reparos sobre su conducta no son un chiste: los ponen a él y a las Farc en el mismo saco de los carteles de Los Zetas y Sinaloa. Ese concepto, que más que judicial ha sido altamente ideologizado por la ultraderecha para descalificar los acuerdos, es explicable en los medios norteamericanos, pero no se entiende en el equipo oficial. No obstante, y en beneficio del equilibrio informativo, hay que recalcar que la pertenencia a la guerrilla de Villota fue avalada por Márquez el 23 de noviembre, dos días después de que el ministro de Justicia firmara la extradición (ver). Sin embargo, no deja de ser curioso que Londoño autorice la entrega de un presunto alzado en armas después de que su antecesor, Yesid Reyes, negara tres o cuatro extradiciones de guerrilleros, precisamente para honrar los intentos de paz del presidente Santos. También es extraño que el más alto negociador de la guerrilla se afane, en tan mal momento, por “certificar” al detenido. En Noticias Uno intentamos, infructuosamente, obtener mayores datos sobre esta rara historia, pero nos encontramos con un mutismo rayano en el temor, no a la embajada que podría estar presionando la entrega del requerido, sino a la Fiscalía General. ¿Por qué? Aquí sí, que se aplique el dicho: averígüelo Vargas.

Entre paréntesis.- En una especie de matoneo virtual con que pretende infligirme castigo el excandidato presidencial Óscar Iván Zuluaga por una columna en que me referí al hacker de su campaña, me conmina - desde su cuenta de Twitter – a “clarificar” mi comentario sobre su responsabilidad y las de sus directivos en los trabajos que hizo para él, el pirata Andrés Sepúlveda de quien Zuluaga dijo: “me la jugué” por contratarlo, expresión que implica, para decirlo en su mismo lenguaje coloquial, que “se moría” por tenerlo en su equipo. Nada tengo que rectificar, doctor Zuluaga. Su petición de que modifique mi análisis sobre el vergonzoso caso de penetración ilegal, compra y robo de información de seguridad del Estado que ejecutó su contratista, es tan pretensiosa como si yo le pidiera cambiar su versión de los hechos que nace, por supuesto, en su legítimo derecho a no autoincriminarse. Me llama, sí, la atención, la interpretación uribista que tiene de la justicia: asegura que “solo los jueces exoneran o pueden condenar” para criticarme por ejercer mi derecho a opinar, pero a renglón seguido señala que la Fiscalía le imputó cargos a su asesor espiritual (¿?) Luis Alfonso Hoyos “irresponsablemente y sin que hubiera prueba…”. En cuanto a sus puntos de vista sobre la Inteligencia del Estado y el pluralismo democrático, le recomiendo, con cordialidad, que repase la historia reciente del país sobre cómo un gobierno al que usted estuvo hondamente vinculado, abusó de la primera en detrimento del segundo.

 

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