Por: Pascual Gaviria

¿Cómo quieren que les escriba?

Los periodistas han pasado de la suficiencia al temor.

Hace unos años el periodista sentía que su teclado o sus micrófonos estaban sobre un estrado desde el que se dirigía a su público con la autoridad que le daba alguna cualidad entre el conocimiento y la popularidad. El periodista terminaba su pequeña nota, su comentario, su crónica, y bajaba de la tarima con la cabeza arriba y el gesto  orgulloso del declamador. Ahora la realidad le ha entregado un tablado a la audiencia y el periodista habla desde el fondo del escenario, abajo, sometido a la mirada entre burlona y vengativa de quienes lo oyen con creciente desconfianza. Cuando termina su intervención el periodista de hoy agacha la cabeza y sube hasta los  palcos de la opinión pública y las redes sociales con temor a la rechifla y los señalamientos. Ha entendido que su papel hoy es más seguir la corriente que llevar la contraria. 

Hace unos días leí una frase de Juan Gossaín que fue replicada vía Twitter durante un día entero: “El periodista es empleado de la opinión pública, no de los medios”. Y lo que pretendía ser un grito de independencia me pareció la confesión de una triste tiranía. Cada vez más los periodistas intentan acomodar sus interpretaciones, sus noticias, su atención sobre los hechos a los prejuicios de una opinión pública en estado de indignación permanente. En su afán de ser crítico del poder y de poner en cuestión a funcionarios y directivos de todos los pelambres, el periodismo se ha ido acercando a la caricatura que repite prejuicios y retiñe los estribillos de los grafitis. Se trata sobre todo de hacer un juicio sumario, lo menos complejo posible, que deje bien saciada la venganza de una ciudadanía que se siente engañada, y entregue un trofeo para el linchamiento en las redes sociales. Los matices, el contexto, las complejidades y los desmentidos que siempre entrega la realidad, las culpas compartidas, los azares que traen las tragedias, la conclusión con interrogantes son vistos hoy como un maquillaje que busca cubrir la perversidad de algunos. Una simple tibieza.

No entiendo por qué los periodistas deben ser empleados de la opinión pública, como si fueran políticos o encuestadores, o publicistas o compositores. Está bien que los periodistas se hayan bajado de esa nube según la cual llevaban de cabestro a su audiencia, pero está mal que ahora sean ellos quienes se aten la soga al cuello para ser arrastrados por la estampida de las redes y los foros de lectores. Creo que el periodista es empleado, ahora que hablamos de mundos ideales, de la historia que ha elegido y sus hechos. Debe responder a esa realidad y contradecir al mundo entero cuando esa realidad se lo dicte con evidencias suficientes. Así tenga que desmentir a su audiencia lista para recibir un veredicto inapelable.

Hace muchos años se preguntaba Roberto Arlt, el cronista argentino de pequeñeces, “¿cómo quieren que les escriba? Porque unos opinan blanco y otros negro”. Era una pregunta burlona, lejos de la condescendencia, una pregunta que señalaba los inevitables descontentos y al final terminaba apaciguando la pequeña tormenta por una de sus páginas recientes: “Seriamente, no creía que le dieran tanta importancia a estas notas”. De eso se trata, de escribir y hablar sin pretensiones ni presiones.

 

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