Por: Sorayda Peguero

Con el ala rota

Esbozaron un plan para presentarse ante sus familias como amigos.

Todos los veranos de todos los años, desde que están juntos, abordan la misma duda: ¿vacaciones en Puerto Rico o en México? Ninguna de las dos opciones parece conveniente. Ninguna de las dos familias sabe lo que aquí sabemos todos. 

Son novios. Se enamoraron mientras cursaban un máster en Barcelona y se establecieron en la ciudad. Matías y Arturo son dos jóvenes inquietos y sociables que siempre han expresado su ambición de conocer nuevos destinos. Su plan podría funcionar. No tendrían por qué suscitar sospechas. Pero qué hacen con la complicidad de las miradas, con la necesidad del beso cada tanto, las manos que se buscan, y el impulso que siente uno de apartar el mechón de pelo que cae sobre la frente del otro.

El disgusto sería grande. Los dos pertenecen a familias que consideran que el amor entre personas del mismo sexo es una perversión. Está la abuela de Arturo, que cuando lo despidió, en el aeropuerto de la Ciudad de México, trazó la señal de la cruz sobre su cara y le dijo: “Ojalá encuentres una buena muchacha por allá”. Está el papá de Matías, que dice que la homosexualidad es una vagabundería que con una pela se cura. La idea de ejecutar el plan no suele durarles más de 15 minutos. Un cuarto de hora que apenas les alcanza para imaginar que regresan juntos a las calles de Aculco y del Viejo San Juan, a los lugares de recreo de la infancia, a los parques y las plazas, las librerías y los patios de las casas donde sale a tomar el fresco la gente que aman y temen.

Aprendieron a existir mintiendo, a asfixiar los deseos, a engullir la rabia y a sudar las dudas. Aprendieron a cargar con el peso muerto de la culpa, con el miedo a no ser aceptados y con el odio que tantas veces escupieron sobre sí mismos. Y ahora, en pleno disfrute de esta tregua, les cuesta tanto arriesgar la libertad hallada como si fuera un premio cósmico, o una viruta del azar.

Con frecuencia, en medio del bullicio de una reunión de amigos, se escucha que uno le pregunta al otro: “¿Alguna vez te he dicho que te amo?”. Es parte de su código romántico, un diálogo calcado de una película. El interrogado, con el relámpago de una sonrisa que le alumbra toda la cara, y con una emoción que lo abstrae, responde: “Siempre”. Y viéndolos así, me acuerdo del escritor chileno Pedro Lemebel, de ese lamento que escribió al final de su manifiesto Hablo por mi diferencia: “Hay tantos niños que van a nacer con la alíta rota…”. Y me pregunto si se cumplirá su deseo, si algún día habrá para ellos un pedazo de cielo rojo, o de mil colores, en el que podrán volar.

[email protected]

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Sorayda Peguero

Hay amores

Yo no soy Patti Smith

Llámame por mi nombre

La Bruja buena del Sur

Desde el gueto sin amor