Por: Columna del lector

Condenados a vivir en sociedad

Por estos días ha estado rondando por las redes sociales una solicitud promovida por una concejal de Bogotá que pretende incidir ante la Corte Constitucional para que revise la sentencia de tutela que se refirió a la atención integral del habitante de calle, expedida en febrero de 2015.

La jurisprudencia deja claro que la “mendicidad” ejercida por una persona de manera autónoma y personal, no es un delito ni una contravención, en consecuencia, no es posible someter a los habitantes de calle a intervenciones terapéuticas forzadas, porque esto representaría una especie de sanción por una acción no reprochada jurídicamente en la ley colombiana.

Los argumentos de los abanderados de la solicitud ante la Corte nada dicen sobre la condición personal del habitante de calle y mucho menos los ven como sujetos de derechos. Los promotores de la iniciativa centralizan la razón de la solicitud en la necesidad inminente de atender la crisis social que actualmente enfrenta la ciudad por la deambulación permanente y notoria de estas personas por el espacio público, justo después de que la administración distrital tomara la decisión de intervenir la calle del Bronx. En cifras de 2015, el Distrito estimó que hay más de 13.000 habitantes de calle en la ciudad.

Si bien no se puede negar que la condición de vulnerabilidad incluso mental como consecuencia del abuso de sustancias psicoactivas de los habitantes de calle puede representar un peligro para la sociedad y una alteración del “orden” público, también es cierto que la razón por la que muchas de esas personas están en esa situación fue la imposibilidad de adaptarse a una sociedad que no les dio cabida. Muchas de estas personas provienen de familias bien acomodadas, de esas familias que creían que la drogadicción es una condición propia de las clases bajas y que han debido bajar la voz al darse cuenta de que la drogadicción llega “hasta a las mejores familias”. Otras de las personas que viven en la calle llegaron de provincia buscando en la capital un escenario de oportunidades prometidas, sin pensar siquiera que la calle era una de las tantas opciones que le ofrecería la gran ciudad.

Lo cierto es que la calle resulta ser el único lugar donde no se discrimina, es el único lugar de la ciudad donde cabemos todos. Hombres, mujeres, niños, ricos, pobres, desplazados intelectuales, artistas, deportistas, políticos, extranjeros y hasta payasos famosos han decidido dejarlo todo para vivir la libertad que les genera no tener nada. No podemos juzgar a quienes deciden vivir una vida sin las expectativas de progreso del hombre común.

Yo sé que resulta difícil entender por qué una persona decide llevar ese tipo de vida. No obstante, deberíamos analizar por qué nos aterra tanto ver personas dominadas por la adicción al bazuco, pero nos parece normal ver a tanto colombiano dominado por la adicción al dinero y la adicción al poder. Despojarse de todo lo que socialmente se considera valioso para entregar la vida al sinsentido y a la irracionalidad es una forma de liberarse de la carga social que nos obliga a “ser alguien”. No hacer parte, salirse del orden, perder el control, también es una opción de vida tan respetable como quienes pierden el control de su vida como consecuencia del trabajo, la internet o a la promiscuidad. No ser también es una opción del ser racional, así nos parezca contradictorio.

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