Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Conexión Colombia

La electricidad se hace de los ríos, con un salto de agua en una represa.

También nace cuando se quema gas, carbón o petróleo en una central térmica. Viaja en el país y por líneas de alta tensión llega a estaciones transformadoras. Allí pierde un poco de voltaje y se desgrana entre la red de distribución que la lleva a las ciudades. Va sin bulla por el cielo en cables más o menos escondidos, flacos u oxidados, según la cuadra. Es inseparable de las calles, los árboles o las esquinas y hace parte, siempre, de infraestructuras más grandes. Infraestructuras que están por ahí, pero no las notamos ni tenemos que aprender a manejarlas. Entre casas y edificios se vuelve paisaje, se hace cotidiana, mundana. Aunque no entre todas las casas y los edificios. En el norte del país, la infraestructura eléctrica ha significado y significa (antes y después de Electricaribe) cosas distintas para diferentes grupos de personas. En los barrios que construyen familias con menores ingresos, las redes no son invisibles, son problemas. Son proyectos que requieren trabajo y truquito.

Redes eléctricas torcidas marcan y producen diferencias grandes entre clases sociales de Barranquilla, Cartagena o Montería. Entre los estratos. No sólo conectan y desconectan de la luz, el televisor, la internet y la música, sino que también van dando una identidad al barrio. Uno nuevo, fundado o comprado por un grupo que vino desde provincia. Que vino a la ciudad sin equipaje, ni muebles, ni cultura de pago. Por medio de la ausencia de infraestructura legal y confiable de electricidad, un conjunto de proyectos de los gobiernos locales, departamentales y nacionales (en llave con Unión Fenosa) marginaron a familias, en su mayoría desplazadas a la fuerza a comienzos de la década, de la ciudad. Por medio de falta de inversión y mantenimiento de redes, de cortes del servicio cada que llueve o se acumulan las deudas, de inversión mal hecha, de subsidios a Fenosa, que hacía tan poco desde hace tanto.

Con infraestructuras se delinearon las oportunidades, pero también se promovieron algunos comportamientos. La electrificación llevada a cabo por Energía Social, encargada de lidiar con los “subnormales”, se realizó con un sistema innovador en la región. La empresa instaló en cada uno de estos barrios un único contador comunitario. Cada quien se encarga de mantener su conexión y se emite una sola factura cuyo costo tiene que repartirse entre viviendas mediante una estimación de consumo. Se reparten taloneras con tiquetes para pagar “lo que se pueda” semanalmente. Con facturas y desconexiones se intentó inculcar costumbres de pago. Red eléctrica en mano, los barrios se negaron a pagar. No se paga el recibo porque se desconfía del que viene a cobrarlo, del que trabaja en la empresa y del estado en casi todos sus niveles. También porque el servicio es pésimo.

“A Dios gracias, hoy el Gobierno Nacional nos ha venido con la buena nueva de la intervención a Electricaribe”, afirmó en estos días Edwin Besaile, gobernador de Córdoba. Dumek Turbay, gobernador de Bolívar, soltó un “¡Aleluya!” ante la noticia de que, debido a sus recientes descuidos en el servicio a las clases medias, comerciales y altas de la región, la distribuidora sería tomada por la Superintendencia. No cabe, sin embargo, el ánimo celebratorio. Tampoco el místico. En días de reflexión sobre caminos para reparar las inequidades consolidadas durante las últimas décadas, no está de más una mirada detenida a las infraestructuras eléctricas de la región. En múltiples capas y materiales, éstas alejaron o acercaron personas, mercancías e ideas. Hicieron para muchos la vida más difícil, actuaron como símbolos e instrumentos políticos. Entre cable y cable nos cuentan sobre el pasado de estas ciudades, pero sobre todo sobre el futuro que se imaginó (y se imagina) para cada quien en su lugar.

 

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