Por: Piedad Bonnett

Contra el desaliento

NO ES FÁCIL SER OPTIMISTA EN los actuales momentos políticos. El avance mundial de la derecha, con Trump a la cabeza, su carga de odio y su amenaza de racismo y xenofobia en muchos países; la destrucción de Siria y en especial de Alepo, cuyos hospitales colapsaron totalmente; la muerte masiva de inmigrantes en el Mediterráneo sin que nadie parezca hacer nada definitivo, y las amenazas permanentes de terrorismo en Occidente, son algunas razones para que nos amenace el abatimiento.

Nadie puede negar, tampoco, que el nuevo acuerdo de paz se firma en medio de cierto desaliento. Mientras el 2 de octubre pasado medio país y la comunidad internacional celebraban con emoción y un ambiente de fiesta el fin del conflicto, la ceremonia de esta semana se llevó a cabo en medio de un ánimo más sombrío: los recientes asesinatos de líderes campesinos —que se suman a los que uno a uno se han venido dando en los últimos meses hasta sumar 70— y el incidente entre el Ejército y tres guerrilleros, dos de los cuales murieron, nos están recordando que la guerra sigue viva, que los enemigos de la paz no cejan, y que el peligro de otra campaña de exterminio como la de la UP es una posibilidad real porque los asesinos de siempre están ya enviando su mensaje de muerte.

El desaliento proviene también de comprobar que el Centro Democrático nunca estuvo dispuesto a ceder, a pesar de la buena disposición de los otros sectores, que su escucha era mero simulacro, y que su empecinamiento en decir no a los nuevos acuerdos no era sino una estrategia política de campaña con miras al 2018, a costa de mantener dividido el país, y de algo aún peor: de poner en riesgo el cese del fuego y la calma en las regiones. Otro ánimo habría en el espíritu de los colombianos si en vez de estar oyendo las amenazas de Uribe de lanzarse a la calle, ya el acuerdo estuviera andando y la energía del país político estuviera encaminada a poner en marcha lo pactado, con hechos que nos permitieran vislumbrar un futuro diferente. Pero no. Aunque el acuerdo de paz sea refrendado por el Congreso, nada nos impide pensar que en un futuro los uribistas consigan que todo lo alcanzado se vaya por la borda.

La realidad es que entre todos los daños que ha hecho Uribe está uno que no es menor: haber minado el entusiasmo de un país esperanzado, que durante 50 años apenas si había tenido relámpagos de fe en la paz. Pero también es cierto que uno de los efectos positivos de la confrontación entre el Sí y el No fue que una parte de la sociedad, en buena medida joven, reaccionó con vehemencia y entusiasmo, organizadamente. Para que ese fervor no muera, víctima del desaliento, es necesario que siga manifestándose. Las amenazas a los líderes campesinos, los asesinatos recientes y los graves incidentes que ya empiezan a presentarse a raíz de la dilación de los acuerdos, nos deben impulsar, a los partidarios del Sí, a seguir siendo activos. Porque el futuro que queremos para Colombia, a pesar del desaliento, aún es posible.

 

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