Por: Juan David Zuloaga D.

Contra el “multitasking”

Una de las grandes conquistas de la civilización a lo largo de su ya larga y accidentada historia fue el haber ideado lugares aptos para el recogimiento y el silencio.

Lugares que permanecían al margen del ajetreo de las tareas domésticas y de la agitación de las ocupaciones diarias, y en los que era posible emprender labores silenciosas, pacientes, solitarias.

Estaba todo dispuesto en aquellos recintos para que, puestos entre paréntesis los afanes del mundo, se dedicara cada quien al desarrollo de las actividades que eran propias de su oficio o de su afición; tal las bibliotecas, tal los monasterios.

El silencio y el sosiego reinaban en estos centros, y las almas se dejaban llevar por la tarea que se habían o se les había impuesto. Imagine el lector las horas tranquilas, homogéneas, calladas que pasaron escribas, traductores y copistas en esos monasterios, abadías y universidades medievales: qué de concentración, de gozo silencioso y apasionado imperaban por doquier. Sentados a su escribanía adelantaban una labor que podía durar años: la traducción de un tratado, la copia de un manuscrito, la iluminación de un tumbo...

Pues ocurre, amigos míos, que la habilidad para concentrarse y dedicarse a una única tarea, la capacidad para estar en silencio, consigo mismo, en una labor solitaria y a veces tenaz, el potencial de centrarse en el objetivo que tenemos entre manos, hace mucho que se fue al traste. Esa facultad hermosa y admirable que había sido un logro de la civilización (uno de los mayores), vino a ser reemplazada por un ajetreo incesante, lleno, en ocasiones, de ocupaciones infinitas pero estériles: vemos a personas atareadas en faenas sin sentido, gestionando su nada, organizando su vacío; vemos enfrascados en tareas minúsculas a seres que desarrollan de mala manera, o de cualquier manera, la labor que les ha sido encomendada, mientras revisan las conversaciones que tienen en el celular, hablan por teléfono, conversan con el vecino del puesto de la oficina y piensan en lo que ayer les dijo su tía. A tal dispersión de quehaceres, a aquella desorganización del día a día, a la desconcentración que impera, a esa disgregación del yo es a lo que los gerentes y dirigentes del mundo contemporáneo llaman multitareas (o multitasking, que hay que decirlo en inglés para que esa impostura ridícula y esa imposición nefasta suene más creíble y más importante).

Una de las reflexiones más inquietantes que encontramos en el libro La sociedad del cansancio, del filósofo Byung-Chul Han es que el multitasking (que se observa también en los animales salvajes) existía ya desde tiempos inmemoriales, precivilizatorios, podríamos decir, y consistía en estar siempre alerta a los distintos estímulos que la naturaleza ofrecía sin cesar, porque el descuido o la relajación podían costar la vida. Muchos siglos de evolución y de civilización fueron menester para que el hombre pudiera enclaustrarse en un recinto, en silencio, y dedicar años enteros, lustros y aun décadas a una labor paciente y de largo aliento. Pues he aquí, caro lector, que esos tiempos de silencio y civilización han terminado.

[email protected], @Los_atalayas

 

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