Por: Armando Montenegro

Contra la Navidad

A diferencia de tantos niños y adultos que sienten que la Navidad es una época mágica, un delicado sueño animado por los villancicos, regalos y cálidas reuniones familiares, existe una minoría que siente incomodidad y disgusto con la bulla, la música, los ajetreos y congestiones de estos días, y no ve la hora de que terminen las celebraciones. Son los enemigos de la Navidad.

Hay, entre ellos, quienes se entristecen y se deprimen en esta época. Su soledad se acentúa con los recuerdos de días mejores y las memorias de seres queridos ausentes, sentimientos que se avivan con la exaltada algarabía y la ostentosa felicidad de quienes celebran con alboroto. Las estadísticas muestran que los casos de depresión se elevan en estas fiestas, pero que los suicidios disminuyen (por la compañía de los familiares); se aplazan para el verano, cuando ellos se dispersan en vacaciones.

No podía faltar un economista entre los aguafiestas. Joel Waldfogel, quien analizó el enorme desperdicio generado por los regalos (¿quién no ha recibido un libro que ya leyó, un adorno que jamás exhibirá, o una prenda que nunca usará?), calculó el tamaño de la pérdida como la diferencia entre el precio incurrido por el que compra un regalo y el valor monetario que estaría dispuesto a pagar quien lo recibe, por lo general, una suma bastante menor. El desperdicio se origina en el hecho de que quien da el regalo no conoce los gustos y preferencias del que lo recibe y, por lo general, compra cualquier cosa, para salir del paso (esta es la razón por la cual, a veces, recibir regalos causa cierto disgusto). El valor agregado de esta diferencia, según el autor, asciende en Estados Unidos a varios billones de dólares (esta pérdida se puede eliminar si se regalan bonos monetarios o si el regalado da a conocer previamente una lista de deseos para orientar a los que regalan; el desperdicio también se mitiga, parcialmente, si se pueden cambiar los obsequios).

Otro enemigo jurado de la Navidad fue el gran ensayista Christopher Hitchens, quien criticó la colectivización de una alegría obligatoria y uniforme en la Navidad, la generosidad forzada y mandatoria de la época, y la repetición de músicas, slogans, saludos y tarjetas, en su concepto, de un mal gusto generalizado (y eso que Hitchens nunca escuchó el burrito sabanero ni el tutaina). Señaló también su disgusto por las congestiones de vías, aeropuertos, trenes y centros comerciales. Y expresó su rechazo a la participación de las autoridades en las celebraciones navideñas, algo que consideraba contrario a la separación de la Iglesia y el Estado.

Pero quien mejor representa a los adversarios de la Navidad es Scrooge, el gran personaje de Dickens del Londres del siglo XIX, un viejo solitario, misógino y tacaño que odia la ostentosa alegría navideña, evita las invitaciones familiares y, por supuesto, no da ni recibe regalos. El hombre sólo se reconcilia con la Navidad y con sus semejantes por una intervención mágica que le hace caer en cuenta de que, sin un viraje en su vida, va a morir solo y abandonado. Hitchens sugiere que incluso con la mediación de los fantasmas navideños Scrooge habría seguido odiando la vulgar y ruidosa comercialización de las celebraciones decembrinas de estos tiempos.

Les deseo unas felices fiestas a los lectores, incluso a los que no ven la hora de que se acaben.

 

 

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