Por: Yolanda Ruiz

Convivencia para que quepamos todos

Me ha sorprendido en los últimos días escuchar en boca de quienes se dicen de pensamiento liberal y progresista epítetos cargados de odio, descalificadores, sin espacio para el diálogo.

Como si cuando alguien pide inclusión y respeto fuera una solicitud exclusiva “para mí y para los que piensan o son como yo”, pero que no aplica a los demás. 

Ocurrió con la diputada santandereana Angela Hernández, quien desató una polémica al plantear unas ideas que —debo señalar expresamente— no comparto en lo más mínimo. Cuestionaba ella la nueva ley de convivencia y las normas que buscan garantizar —como debe ser— el respeto a los derechos de los menores LGBT en los colegios.

Se puede estar en desacuerdo con ella, pero lo que resulta grave es la ola de insultos que desató su intervención. Es claro que las opiniones tienen un límite marcado por el respeto al otro pues las sociedades, en buena hora, hoy no aceptan la homofobia, el racismo o el machismo. También hay leyes que establecen cuándo se cruza la línea de la injuria, la calumnia o la discriminación, pero agredir sin escuchar, como hicieron muchos, es una actitud tan grave como la que se intenta evitar con la ley de convivencia.

Algunas voces que se levantan en defensa del respeto a la diferencia se escucharon esta vez tildando a la diputada de loca, desquiciada, delirante y otro calificativos de grueso calibre que prefiero no repetir. El matoneo fue grave y pocos salieron en su defensa porque su posición es hoy políticamente incorrecta. Por eso vale recordar que la convivencia es para que quepamos todos, aunque el extremismo en el que estamos nos cierre los oídos frente a los demás. Estamos lejos como sociedad de tener en la práctica el país que consagra nuestra Constitución: un país incluyente que no discrimine ni por raza, ni por género ni por razones económicas, políticas o sociales. Eso dice la ley, pero no se ve en la calle, ni en los medios, ni en las redes.

No es el único caso. He escuchado expresiones muy agresivas frente a quien “se atreve” a manifestar un credo religioso y del otro lado, tildar de “demoníacas” las ideas de los librepensadores o los ateos. Descalificar parece ser la consigna en los debates de hoy.

La diferencia nos enriquece y en el escenario de la opinión debería valer todo, excepto la agresión a los derechos de los demás y que alguien intente imponer por la fuerza su manera de ver el mundo. Lo grave es que de los debates pasamos a hechos extremos que van más allá de la palabra como un referendo que pretende crear un modelo de “familia óptima” que no existe en la vida real.

Tendríamos que construir un país en el que quepamos todos: los heterosexuales y los homosexuales, los creyentes y los ateos, las madres solteras y los abuelos que cuidan hijos, las familias con dos padres o dos madres, las parejas con hijos o sin hijos… No hay familias ideales, ni personas ideales, solamente personas y familias imperfectas que deberíamos esforzarnos un poco más en el respeto al otro.

De todos los insultos que me llovieron por recoger en un debate radial los planteamientos de la diputada, al lado de otros que la controvertían, me quedo con uno que los resume todos: “usted me da asco”. Tengo mis ideas y creencias, como todos, pero escucho y respeto a los que piensan distinto aunque crea que están equivocados. Si eso le da asco a algunos, lo lamento. Creo que el debate alimenta el cerebro, nos enseña y nos hace crecer. Escuché en la polémica de la diputada, además de insultos, planteamientos serios, honestas inquietudes de padres o profesionales que han investigado el tema, quienes sin ser homofóbicos tienen preguntas pertinentes sobre la implementación de la ley. Preguntas que quedaron sepultadas bajo el alud de insultos de aquellos que levantan la bandera del respeto y la inclusión.

 

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