Por: Arturo Guerrero

Corchos en desasosiego

Desasosiego: este es el aire que se agita sobre el país. La firma número dos o tres o ´ene´ del ahora sí Acuerdo Final se destiñe porque los autoproclamados líderes del No hacen rancho aparte. Es un Acuerdo sin acuerdo.

Al mismo tiempo, el dedo siniestro que manda desde hace dos siglos da otra vez la orden de abrir fuego contra la cabeza de los líderes sociales. Cada día uno de estos es difunto. Sicarios sobran, hace rato estaban en desempleo. Hoy vuelven a pagarles, les pasan en secreto nombres que hay que tachar para siempre.

Los campesinos al cruzar sus pastales comprueban que el campamento vacío es ocupado por otro de los ejércitos. Cambian las botas, cambia el color de los brazaletes, continúa el poderío de fusiles adecuadamente suministrados.

La política internacional tuerce hacia la ultraderecha. La ultraderecha nacional se envalentona. Hay vasos comunicantes entre los capitales que las financian. Idénticos fanatismos hacen hervir la sangre allá y aquí. Los caricaturistas grafican cómo los adalides de mechón alborotado se parecen demasiado.

Así las cosas, del fervor levantado hace dos meses como reacción a la derrota del plebiscito queda un contento tibio. Claro, los militantes de causas utópicas perseveran diseñando afiches para convocatorias callejeras con banderas. Pero las grandes masas de las redes sociales están estragadas en el desasosiego.

Se han dado muchos palos de ciego, anuncios, aplazamientos, explicaciones que se lleva el viento. La oposición a las negociaciones de paz es demasiado hábil, cuenta con chequeras largas para contratar propagandistas negros, cuenta sobre todo con el miedo y la credulidad de miles de personas que solo confían en el látigo.

Entrevistado en radio hace dos días, el negociador jefe Humberto de la Calle hizo un llamado para que la opinión pública no se deje ubicar en condición de "corcho en remolino". Sin proponérselo, puso sobre la mesa la perfecta metáfora.

Como corcho en remolino se encuentra Colombia. Fuerzas centrípetas, que la impelen hacia el horror de todos sus pretéritos, la mantienen entrampada. Finaliza el año y aguardan dos meses muertos en los que las pesadillas enturbiarán las fiestas.

Se ganó un trofeo mayúsculo: la guerrilla mayor ya no es guerrilla. Pero quedó viva la culebra: pistolas semiclandestinas siguen haciendo política. Un sector de aspirantes al poder combina todas las formas de lucha. Igual a como lo han hecho desde la repartición inicial de los bienes y los apellidos.

Tal vez se le ha dado excesiva atención en los medios a esta cáfila de avaros del poder y de la tierra. Tienen internet, donde son aviones a chorro sus hackers y sus cazadores de alarmas. Logran con diez palabras lo que antes con homilías y discursos veintejulieros.

Pero lo logran porque periódicos y noticieros avalan con su prestigio la volatilidad de Facebook y Twitter. Se les aporta credibilidad, se les inviste de seriedad. Resguardados en sus viviendas, el país rural, el otro país urbano clase media, el tercer país siglo XIX, son corchos en desasosiego.   

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