Por: Reinaldo Spitaletta

Coscorrones y borrachera

Y de pronto se esfumó entre borrachos uribistas y cocotazos vargaslleristas el crimen de la niña Yuliana Samboní, y nos caparon con la reforma tributaria, mientras las muchedumbres se entregaban a las rumbas, pero, igual, la voz del pueblo, entre ebria y airada, se dejó venir: “Uribe nos la metía con vaselina y Santos con mermelada”. Nada que ver con El último tango en París y María Schneider.

Hay que sospechar cuando en lenguajes almibarados nos hablan de “gente de bien”, “gentes de buena voluntad”, y así. Casi siempre resulta lo contrario. Tienen la sartén por el mango; están amparadas por diversos medios y son las que tienen el poder, manejan la economía, se apropian de los titulares de prensa y son dueñas del país. Sí, “gentes de bien”, tal vez han asaltado tierras y despojado campesinos. O desvalijado el erario.

A veces, estas gentes de buen tono y ascendientes de abolengo, pueden en plena andanza electorera dar de cocotazo a un guardaespaldas, que si así es a la luz pública, cómo será en la oscuridad. La imagen de “Varguitas” en Ciénaga de Oro, tierra de porro y sabor, propinándole un coscorronazo a un escolta, puede ser sintomática del complejo de superioridad que invade a los que ostentan poder y cargos públicos. Una demostración de vasallaje y de irrespeto hacia el otro, al que el protagonista de la arbitrariedad considera inferior.

Pero, aparte del episodio, que nutrió redes sociales, memes y chismorreos de café, dio cuenta del uso de las palabras según las geografías. Cocotazo, que es un golpe dado en la cabeza con los nudillos, es más utilizado en la costa atlántica colombiana, al tiempo que “coscorrón”, que significa lo mismo, es popular entre la cachaquería. Como sea, el oportuno aficionado que grabó la agresión del vicepresidente de Colombia a un miembro de su “esquema de seguridad”, hizo todo un psicoanálisis del poder.

Y como todo no es dramatismo, hubo quien se diera a recordar que al próximo candidato presidencial, ahora vicepresidente, todavía le quedaron funcionando los modos de propinar coscorrones tras el atentado terrorista de hace años, que le dejó “dos dedos y medio menos”. Un trece de diciembre, una agenda explotó en las manos de Vargas Lleras, que después rechazó las prótesis de dos dedos que le iba a conceder su aseguradora.

Vargas Lleras, años después, recordó ese momento a la revista Semana, así: “la compañía de seguros quiso que ensayara una prótesis de dos dedos, que me fue enviada por correo desde Francia y luego incautada por la DIAN. Cuando fui requerido para pagar las multas por el envío, la cifra ascendía a un monto superior a 25 millones de pesos, que no estaba dispuesto a pagar por dos dedos de plástico. Hoy no me imagino lo incómodo que sería tenerlos, así que allá, en los anaqueles de la DIAN, están incautados y muy bien guardados”.

A lo mejor, los coscorrones o cocotazos con dedos plásticos no hubieran causado tanta conmoción.

Y, antes de la “coscorronería”, hubo otro incidente. El Centro Democrático, ante la admisión del Consejo de Estado de una demanda contra los promotores del No en el plebiscito, advirtió a través de uno de sus miembros que el “esclarecido” Juan Carlos Vélez, gerente de la campaña uribista por el No en el plebiscito, estaba ebrio cuando dio las declaraciones sobre la campaña engañosa que promovieron para que “la gente saliera a votar verraca”.

Se recuerda que en la celebérrima entrevista en la que Vélez salió a decir que el No ganó con base en engaños, al que un “camarada” suyo señaló de estar borracho, había contestado a la pregunta de por qué había tergiversado los mensajes para hacer campaña por el No: “Fue lo mismo que hicieron los del Sí”.

El senador uribista Ernesto Macías, tras conocerse el pronunciamiento del Consejo de Estado de que hubo engaño generalizado en la campaña del No, dijo que Vélez Uribe “no estaba en sus cabales” cuando dio las cuestionadas declaraciones, porque “estaba con tragos”. Quizá olvidó Macías la sentencia popular de “los niños y los borrachos siempre dicen la verdad”.

Y a todas estas, entre beodeces y coscorrones, nos montaron la peor reforma tributaria en la historia de Colombia. Los pobres y las clases medias tendrán más impuestos, mientras se disminuyen los de las trasnacionales y otros magnates. Más que cocotazos, al pueblo lo sodomizaron.

 

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