Por: Jorge Gómez Pinilla

Crónica de una muerte (académica) anunciada

Ocurrió en alguna ciudad intermedia de la costa Atlántica y la protagonista de esta historia no puede aparecer, para evitar eventuales retaliaciones ‘uribistas’.

Digamos que se llama María Lucía Triana. Tiene 15 años, está en décimo grado del bachillerato y estudia en un colegio privado cuyo rector y dueño es diputado por el Centro Democrático a la Asamblea de su departamento.

En clase de Español y Literatura, para celebrar el Día del Idioma del 23 de abril les pusieron de tarea escribir una apología, o sea un “discurso en el que se alaba, defiende o justifica a alguien o algo”. Por ser María Lucía la más ‘pila’ de su curso, la escogieron para que los representara delante de todo el colegio.

La destacada alumna escogió como tema de su apología el periodismo, y desarrolló una línea de pensamiento claramente antiuribista, donde dijo cosas como que “en el marco del periodismo contemporáneo encontramos una urdimbre de historias en torno al presente político, económico, social y cultural de una nación. Esta es una de las bases de la comunicación, donde la verdad no siempre se presenta completa, y en muchos casos desgarrada o manipulada”.

Hasta ahí, todo bien. Pero las cosas pasaron de castaño a oscuro cuando de las tres hojas que sostenía en sus manos, en la segunda soltó este perla: “son muchas las veces que el periodismo ha degenerado hacia la defensa de los poderosos o hacia el proselitismo político, como cuando RCN Noticias aparece defendiendo las bancadas maquiavélicas del Centro Democrático, el partido derechista del maquiavélico Álvaro Uribe, valga la redundancia”.

Cuenta la apologista en mensaje que me hizo llegar por el Messenger de Facebook, que justo cuando leía esa línea levantó los ojos hacia el rector y observó que se hallaba descompuesto, y de descompuesto pasó a airado cuando remató con esto: “Gran parte de los medios en Colombia han caído en la banalidad, en la exaltación de la farsa, en la glorificación de la estupidez. Nos han convertido en sombríos reflejos parlantes mientras manipulan las conciencias de los más intelectualmente débiles, que son mayoría”.

Cuando acabó de leer, según la corresponsal caribeña “se me acercó un profesor y me dijo que el rector quería hablar conmigo. Yo sin miedo fui, él me esperaba sentado frente a su escritorio, en su imponente silla reclinable. Tomé asiento, sabiendo para dónde iba el asunto. Él me dijo que yo no podía decir eso frente a todo el colegio, que era una falta de respeto con la institución, y que eso me podía acarrear una suspensión académica, incluso una expulsión. Yo le dije que entonces dónde quedaba la libertad de expresión, y él me respondió que yo podía decir todo lo que quisiera o pensara, pero no en su colegio. Entonces le dije que si era por lo de estar en contra del Uribismo, tenía que expulsar y suspender a muchos alumnos, incluso a profesores. Y que si yo fuera él pensaría dos veces lo de la expulsión, por las consecuencias que le podía acarrear. Y sin más me levanté de la silla y al salir hasta azoté la puerta”.

El intento de censura no paró ahí, porque de la rectoría llamaron al papá de la adolescente rebelde para pedirle que le enseñara a su hija “a distinguir espacios”, y este les habría respondido que “los que tienen que aprender a distinguir espacios son ustedes”, porque “la libertad de pensamiento es sagrada”. A continuación –según el relato que conozco- el padre llamó a su hija para manifestarle el orgullo que sentía por ella ante lo ocurrido.

Esto habría podido quedarse en lo anecdótico, pero se convierte en una historia periodística sin igual cuando una niña de 15 años les canta la tabla a las directivas de un colegio donde el credo uribista manda la parada. Les metió un gol, mejor dicho: cuando María Lucía comenzó a hablar, el balón había horadado la malla. Ya no podían detenerlo.

Lo lamentable es que lo ocurrido deba mantenerse en los términos de un relato gaseoso, que no permite identificar al colegio ni el nombre del ofendido rector, y menos la ciudad, para evitar represalias desde lo académico o incluso desde lo legal, si por ejemplo ante un juez quisieran obligarla a cambiar su versión. Colegio versus adolescente, hágame el favor.

Cuando María Lucía me escribió contando lo ocurrido, la invité a encarar la situación y hacer la denuncia con nombres propios. Pero me habló del riesgo tanto para su vida académica de ahí en adelante, que le podría implicar un cambio de colegio cerca de la culminación de su bachillerato, como para su propia familia en el municipio donde viven, de mayoritaria composición uribista e ingrata recordación paramilitar.

Es por eso que los protagonistas de este relato deben permanecer en el anonimato, tanto el nombre del colegio y del rector que amenazó con expulsión si persiste en su rebeldía, como el de la pequeña amenazada. Pero había que sentar un precedente, y en tal propósito aquí se ha contado la historia hasta donde el largo brazo invisible de ese poder político-escolar lo permite.

DE REMATE: En honor a la verdad, las consultas técnicas y testimoniales que he hecho no permiten hasta ahora tener certeza de que quien aparece en la foto que publiqué en mi última columna sea Alberto Uribe Sierra. Una voz experta en el tema plantea que quizá pudiera ser Álvaro Cala Hederich, exgobernador de Santander (1984-86) nacido en Zapatoca, además exdirector de la Aerocivil (1994-96) como Álvaro Uribe, y manda esta foto a modo de prueba. Noticia en desarrollo.

En Twitter: @Jorgomezpinilla

http://jorgegomezpinilla.blogspot.com.co/ 

 

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