Por: José Manuel Restrepo

Cuarta revolución industrial y educación

Hace un par de semanas David Roberts, un experto en innovación de Singularity University (la Universidad de Sillicon Valley) y con motivo del Oslo Innovation Week, compartió algunas reflexiones muy fuertes sobre el futuro de las universidades en el mundo para el diario El País, de España. Todas ellas hablaban de la nueva realidad de las universidades con motivo de la que se denomina la cuarta revolución industrial.

Dicha revolución es un cambio brusco y radical en las instituciones y en los ámbitos social, económico, cultural y educativo de nuestra sociedad, en los que habrá un uso intenso de la internet y de las tecnologías de punta. Será en ella común identificar fábricas inteligentes, la industria 4.0, el fortalecimiento de la robótica en entornos productivos, la internet de las cosas, la convergencia y conexión de distintas tecnologías y sectores de la sociedad, entre otros asuntos. Y no es para menos en educación, donde el 65 % de los niños que hoy ingresan a la educación primaria trabajará en empleos que hoy no existen. El drama es que quien se quede por fuera de esta dinámica verá cómo la brecha de inequidad social se agranda y experimentará nuevas realidades de pobreza y marginalidad.

De las expresiones de Roberts, destaco las siguientes: las universidades tienen los días contados, la certificación o títulos ya no son útiles, las universidades no están abiertas a transformaciones y su mentalidad es que lo anterior siempre fue mejor, en los cinco años que tarda una carrera la educación recibida tenderá a ser obsoleta, la educación se ha roto, hemos enseñado a la gente de la misma forma que hace 100 años y pensamos que es normal y ello es una locura, entre otras afirmaciones.

A la pregunta de un periodista sobre esta declaración, me atrevo a pensar que Roberts puede tener razón sí y sólo si no somos capaces de “innovar en la educación y educar en la innovación”. No se trata de perder la identidad de una institución que lleva más de 927 años funcionando exitosamente, basada en los principios de libertad de cátedra, libertad de pensamiento, libertad de investigación y autonomía, entre otros asuntos, pero sí se trata de replantearse las forma de aprender, de enseñar y de construir y compartir conocimiento.

Eso, para mí, significa una educación centrada en el aprendizaje y menos en la enseñanza, una educación más pertinente en la que el 40 % de empresarios o más no crea que el talento que reciben de las universidades no es el que necesitan, un compromiso activo de todos los actores de la sociedad por una “educación para toda la vida” (incluidos el estado, las empresas y las propias instituciones educativas), un uso activo de nuevas prácticas pedagógicas y didácticas que logren engagement entre los estudiantes, una preocupación efectiva por la experiencia del estudiante y por el diseño de trayectorias individuales de aprendizaje a la medida de cada talento individual, una mayor preocupación por formar en la creatividad, en la experimentación y en la curiosidad.

Sin embargo, dicho lo anterior, es prudente decir que, en ese nuevo escenario de cuarta revolución industrial, en el que se pueden eliminar fronteras entre lo físico, lo tecnológico y lo humano, esto último adquiere más relevancia y se hace indispensable una formación humanística más sólida. Competencias como el pensamiento crítico, la toma de decisiones, resolver problemas complejos, el trabajo en equipo, la orientación al servicio y la negociación, entre otras, se vuelven relevantes. Aparece como necesaria una educación más resiliente, capaz de aprender a aprender o de desaprender para volver a aprender. Pero también una educación que no solamente esté centrada en lo objetivo (las pruebas, el dato, el indicador, el ranking, la evaluación etc.), sino especialmente en lo subjetivo (la motivación, la pasión, la ética, los valores, la felicidad el compromiso, la responsabilidad, etc.).

Estar preparados para esta cuarta revolución industrial es un camino para elevar nuestra baja productividad, para mejorar en innovación, para ser una nación más competitiva y para evitar que, aparte de la inequidad de ingresos, ahora tengamos inequidad por conocimientos, competencias y habilidades.

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