Por: Julio César Londoño

Cuentos exactos

Docto lector, no vengo a venderle nada, palabra de culebrero, solo quiero decirle que la palabra escritor engloba gremios muy disímiles: novelistas, cuentistas, ensayistas, poetas y dramaturgos.

El novelista es el rico del barrio. Duerme tranquilo sobre las mullidas regalías que recibe por su trabajo: subir y subir, hasta abarcar la panorámica de una época, o hacer un zoom hasta las últimas simas del alma humana. Como buen hijo, ha regresado al seno materno, la épica, que ahora se llama novela histórica.

El cuentista abomina de la novela, esa apoteosis del ripio. Sabe que el “alma humana” es una entelequia, un engendro reciente, que en el principio fue la fábula, mucho antes que la épica, y confía en que volveremos a ella, “como vuelven las cifras de una fracción periódica” (como nadie ignora).

Al poeta lo aburren los cuentos y las novelas, parte su bostezo en hemistiquios, sabe que el cuento es ripio cernido pero ripio al fin, consagra los días y las horas a cifrarlo todo en pocas y disparejas líneas, y solo respeta una poética: jamás llama pan al pan ni vino al vino, vulgaridades que deja al prosista.

El ensayista abomina de la ficción. Sospecha que la música es una manera elegante de no pensar. Lo suyo es el lenguaje del pensamiento duro y puro. Por desgracia, lo sabe todo pero muy tarde, como el patólogo.

El crítico lee mejor que nadie y escribe bien, o al menos correctamente, pero lo persigue la maldición de Saint Beuve: “Nunca se le erigirá un monumento a un crítico”. Ni siquiera a Steiner.

Aunque no lo invitan ni a las ferias, el dramaturgo se alza de hombros y repite estoico: “Que una lámpara se encienda. Aunque nadie la vea, Dios la verá”.

Sé de qué hablo, docto lector, porque, a pesar de mis fracasos en todos los géneros, agradezco al destino ser esa cosa exótica, pedante y casi feliz, un hombre de letras. Para demostrarlo, estoy presentando “Cuentos exactos”, una compilación de historias que juegan con las dos direcciones del pensamiento, la memoria y el cálculo. Aquí están el Éxodo visto desde la margen egipcia, las tribulaciones teológicas de la Divinidad, el proceso por brujería contra la madre del astrónomo Johannes Kepler, el ajedrez y la psicología de las máquinas, la vida interior de los niños, la búsqueda de la fórmula del azar, la logia de los bellos (inadvertida y vistosa a la vez) y el secreto último de la seducción.

Son historias de final cerrado porque son problemáticas, un tipo de trama que exige soluciones lógicas y definidas. Los finales abiertos les van bien a otro tipo de historias, las que concentran el interés en una situación dramática, no en un vórtice ingenioso. No me atrevo con ellas. Son muy difíciles. Hay que escribir muy bien. Como Chejov, Kafka, Carver o Abelardo Castillo.

Procuré mantener tenso el hilo narrativo porque sin tensión la cosa se vuelve flácida, conyugal, aeróbica, como un bodegón o un pasaje de diario, de carta o cuadro de costumbres. El protagonista del cuento es el argumento, y el resorte del argumento es la tensión. Lo demás es filatelia.

Incluí también versiones mías de cuentos ajenos. Arreola. Villiers de L’Isle-Adam. Lion Miller. Don Juan Manuel. Stevenson. Philip K. Dick. Fredric Brown. G. A. Bürger. García Márquez. Óscar Collazos. Las hice por la antigua manía de urdir variaciones, o con la vana pretensión de alterar lo inalterable, o quizá para soñar por un momento que eran mías esas ficciones ilustres.

No repetiré aquí las generosas opiniones de los amigos que leyeron el manuscrito del libro (hasta los vendedores tenemos pudor), pero no me resisto a repetir lo que le dijo Lisandro Duque a su mujer: “Si tienes que madrugar mañana, no lo abras esta noche”.

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