Por: Gustavo Páez Escobar

Cuentos heteróclitos

Hay en los cuentos de Eduardo Arias Suárez una característica predominante: los personajes son seres de la vida corriente y se mueven con desenvoltura en los escenarios comunes del mundo.

Esto no solo ocurre en los cuentos reunidos en este libro, que acaba de salir dentro de la Biblioteca de Autores Quindianos, sino en toda su obra narrativa: Cuentos espirituales (1928), Ortigas de pasión (1939), Envejecer y cuentos de selección (1944) y Bajo la luna negra (1980).   

Tiene semejanza con Chéjov, maestro de la cotidianidad en sus cuentos sobre la Rusia zarista de su época. El cuentista ruso, lo mismo que Arias Suárez en el ámbito colombiano, llevaba una llama de emotividad en su fuero interno y con ella vagaba por los campos en contacto penetrante con los humildes.

Dotados ambos de altas dosis de sicología, creatividad picaresca, humor e ironía, supieron ver la vida a través de los seres modestos y de los sucesos triviales que surgían a cada paso y les permitían dimensionar la realidad social. 

Arias Suárez era un tránsfuga del destino que no encontraba acomodo en la sociedad. Su carácter inquieto y desapacible, unido a cierta actitud acre y engreída en el trato con sus vecinos, da cuenta de un individuo irritable que chocaba con la gente y armaba rencillas inauditas.   

Pero ese no era el escritor en el fondo de sí mismo. Por el contrario, poseía alma generosa y afectiva, que no se le descubría a simple vista. Los que lo trataban de cerca hablaban de su excedida franqueza verbal y su ruda sinceridad, que por supuesto le acarreaban conflictos y lo distanciaban de sus amigos, creándole una figura hosca, lejana y enigmática. No obstante, bajo la presión de tales durezas y disonancias elaboró sus mejores cuentos.

A veces se valía de los animales, más nobles que el hombre, para transmitir las sensaciones que recibía sobre la condición humana. Prueba de ello son sus cuentos magistrales Guardián y yo y La vaca sarda.

Se refugiaba en la literatura como puerto de salvación contra la mediocridad. Quienes lo tachaban de huraño y desdeñoso carecían de aptitud para captar las congojas de su espíritu. Ignoraban que lo que había detrás de esa apariencia adusta era un ser sensitivo y atormentado, capaz, por otra parte, de pintar los eternos conflictos del hombre.  

La soledad fue el gran sello de su vida. Se casó con la soledad. En sentido general, ella es la marca del escritor. Se puede ser solitario entre la muchedumbre. Para muchos, la soledad no es un estigma, o una maldición, sino una elección, un estilo, una manera de ser, un privilegio. Sin embargo, del estado de sosiego puede pasarse a la amargura, la neurosis o la angustia.

Conocido el hecho de que Eduardo Arias Suárez vivió en constante angustia, debe saberse que fue de esa manera como ideó los textos que tanta ponderación le hicieron ganar, lo mismo que sucedió con el cuentista ruso. Y entre nosotros, con Germán Pardo García, el poeta de la angustia, que bajo el pavor del páramo y la inclemencia del desamparo escribió su obra grandiosa.

En Venezuela, a donde el escritor quindiano fue a parar llevado por su espíritu andariego e inconforme, armó en 1957 el libro titulado Cuentos heteróclitos, que ha permanecido inédito durante seis décadas. Moriría en Cali al año siguiente, el 19 de octubre de 1958, a la edad de 61 años. Nació en Armenia el 5 de febrero de 1897.

Un grupo de trabajo de la Universidad del Quindío, liderado por Carlos Alberto Castrillón y del que hacen parte Mariana Valencia y Daniel Mauricio Rodríguez, se dio a la tarea, con ejemplar empeño, de analizar y valorar este legado del que se habla durante más de medio siglo en la región quindiana. Los sesudos estudios que ellos ofrecen permiten sopesar la figura de Eduardo Arias Suárez en su época y lo que significa en los días actuales. 

No se trata, en realidad, de cuentos inéditos, sino del proyecto editorial que buscaba el cuentista para conformar un nuevo libro, cuando lo sorprendió la muerte. En efecto, dieciséis de los veintitrés cuentos ya habían sido publicados en páginas literarias, sobre todo en Lecturas Dominicales de El Tiempo, y es posible que los siete restantes también hubieran obtenido su edición, pero el grupo universitario no logró encontrar los registros de prensa. De todos modos, debe considerarse que se trata de un libro inédito.   

El primero de estos cuentos salió a la luz el 10 de abril de 1943, y el último, el 9 de julio de 1951. El implacable paso del tiempo resulta abrumador. El autor de estas líneas trae a la memoria que han pasado treinta y seis años desde que él dirigió en Armenia, con el auspicio del Comité de Cafeteros, la publicación de la novela inédita Bajo la luna negra, que llevaba medio siglo de haber sido escrita por Arias Suárez en la Guayana venezolana (1929).  

Nos hallamos ante otro suceso literario. El trabajo editorial se hace posible gracias a la amorosa conservación de los originales en manos de Rosario y Zafiro, quienes a lo largo del tiempo han luchado con ahínco y esperanza por la edición que al fin se lleva a cabo. De esta manera, conservan fresco el recuerdo de su padre.

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