Por: Carlos Granés

Cultura y paz

Lo decía Dostoievski en 'Memorias del subsuelo' y lo ha recordado George Steiner toda su vida: la cultura no nos hace necesariamente buenos; los seres más sanguinarios que ha padecido la humanidad han sido, en alto número, personas civilizadas.

No sólo refinados espectadores y lectores, sino embriones de escritor o de artista. El ejemplo más trillado es el de Hitler y su frustrada inclinación por la pintura, pero la lista es mucho más extensa. Mussolini, Gadafi y Sadam Hussein fueron escritores de ficción. Kim Il-Sung compuso una ópera. Stalin y Mao fueron poetas. Castro y Bin Laden también escribieron versos. Francisco Franco fue un pintor aficionado. Abimael Guzmán salió de las cátedras universitarias y Pol Pot de las clases de francés, historia y geografía que impartía a colegiales. Rosario Murillo no sólo es cómplice de Daniel Ortega, acusado de violar a su hijastra; también es poeta y una especie de artista Land Art místico-cursi que instala “árboles de la vida” en la sufrida Managua. En cuanto a los grandes artistas e intelectuales que alabaron y justificaron los peores crímenes del siglo XX, una enciclopedia no sería suficiente para recoger sus errores y mezquindades.

Hablo de esto porque ahora, con la firma del proceso de paz en Colombia, vuelve a popularizarse la fantasía de que las expresiones artísticas vendrán a sanar nuestras heridas o a fomentar una cultura de la paz. Sin pretender ser aguafiestas, temo que estas altas pretensiones le quedan grandes a actividades tan humanas como escribir, expresarse con el cuerpo o inventar imágenes. Porque todas ellas, cuando se ejercen en libertad, no bajo un programa ético preestablecido o una cartilla de buenas intenciones, arrastran el lodo humano, reflejan lo que somos: virtudes y nobleza, desde luego, pero también crueldad, obcecación, pulsión violenta.

Mi admirado Schopenhauer inauguró cierta tradición de pensamiento que adjudica al arte una función balsámica. Al permitirnos contemplar las pasiones sin vernos poseídos por ellas, la literatura, el arte y la música deberían sosegar el alma. Temo no estar de acuerdo. Los efectos del arte en las personas son impredecibles. Algo hace en nosotros, no me cabe duda. Hay diferencias entre una persona culta y otra que no lo es; entre alguien que ha sentido curiosidad por las grandes concreciones de la imaginación humana y otra que no. Pero en ningún momento diría que la primera es mejor, más buena o más pacífica que la segunda. La imaginación no sólo inventa paraísos. En ocasiones sus flores son malignas, y es precisamente aquello lo que atrae.

Si en algo se diferencia la persona culta, creo yo, es en su complejidad. El arte y las ideas añaden a una naturaleza bastante primaria nuevas capas de sensibilidad, de deseos, de experiencias vitales, de ideas contrapuestas, de valores en conflicto, de posibilidades existenciales. Sospecho que todo esto hace más libres y más autónomas a las personas; más interesantes y críticas también. Pero estas cualidades no inclinan necesariamente hacia la paz. Imponerle al arte una tarea, por noble que sea, vicia la savia que lo irriga. El arte es libre o no será, así no sirva en nada para la paz.

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