Por: Hernando Roa Suárez

DARÍO ECHANDÍA: Esbozo biográfico (II)

Una existencia como la suya, bien vale la pena vivirla.

Teniendo en cuenta el impacto general producido por el resultado del Plebiscito -del que me ocuparé posteriormente- se me presenta de gran importancia continuar con el estudio del Maestro Echandía por la calidad de su liderazgo ético y político.

Darío Echandía Olaya nació en Chaparral el 13 de octubre de 1897, en el hogar formado por Vicente Echandía Castilla y Carlota Olaya Bonilla, en plena evolución de la hegemonía conservadora iniciada en 1880. Fueron sus hermanos: Vicente, Domingo, Filomena, Carlota, Celmira, Beatriz y Julia.  Ha sido reconocido como uno de los más importantes dirigentes e ideólogos del Partido Liberal colombiano en el intervalo comprendido entre 1930 y 1970. Sus estudios iniciales los realizó en su ciudad natal habién-dose trasladado posteriormente a Bogotá. Aquí culminó sus estudios de bachillerato en los colegios de orientación liberal Araujo, Ramírez y el Rosario.

Su carrera profesional la adelantó en el Colegio Mayor del Rosario, donde recibió el honor de ser Colegial y se graduó el 12 de noviembre de 1917 con la Tesis: “Estudio de la responsabilidad civil por los delitos y culpas”[1]. Se me presenta significante recordar que el promedio alcanzado en sus estudios universitarios fue de 5.

Su carrera política evolucionó así: siendo militante -desde muy joven- del Partido Liberal, fue diputado del Tolima entre 1918 y 1922. Después, ejerció como juez civil del circuito de Ambalema entre 1924 y 1927 y Magistrado del Tribunal Superior de Ibagué entre 1927 y 1928. En este año es nombrado gerente del Banco Agrícola Hipotecario en Armenia hasta 1931, cuando es electo Senador por el Tolima. En 1932, es electo Representante principal a la Cámara.  Así mismo, intervino activamente en la campaña que desembocó en el triunfo de Enrique Olaya Herrera como Presidente de 1930-34. Fue miembro de la Dirección Liberal Nacional en varias ocasiones, hasta su exaltación a la Presidencia de la República en calidad de Designado. En unión de Alberto Lleras Camargo, Carlos Lleras Restrepo, Carlos Lozano y Adán Arriaga Andrade… hizo parte del grupo de jóvenes liberales que fueron promovidos intencionalmente por el espíritu de estadista de López Pumarejo a lo largo de sus dos gobiernos: 1934-38 y 1942-45.

Complementariamente, recordemos que fue catedrático del derecho[2]; disciplinado conocedor de la juridicidad; y lúcido y aguerrido parlamentario que obtuvo uno de sus más importantes éxitos con la defensa que realizó en el Congreso de la República, a propósito de la Reforma Constitucional de 1936. Es sabido que sus mejores éxitos se alcanzaron en la defensa teórico-práctica de los valores socio-democráticos y conviene recordar que Monseñor Rafael María Carrasquilla, Rector del Colegio del Rosario, lo consideró como “el mejor alumno de su rectoría”[3].

En su calidad de Primer Designado, ocupó la Presidencia entre el 19 de noviembre de 1943 y el 16 de mayo de 1944. Adicionalmente, el 10 de julio de 1944, en la mitad del segundo gobierno de López Pumarejo, asumió la Presidencia a raíz del conocido “golpe de Pasto”[4]. También lo hizo posteriormente en 1960 (Gobierno de Alberto Lleras); y en 1967 (Gobierno de Carlos Lleras).

Por el conocimiento teórico-práctico de las disciplinas jurídicas, y su específica capacidad como jurisconsulto y constitucionalista, se hizo acreedor a que se le denominara “la conciencia jurídica de la Nación”. Es evidente que intervino eficientemente en la orientación jurídica de serios procesos políticos, amén del papel que desempeñó especialmente, en los dos gobiernos de López Pumarejo y en el surgimiento, organización y cristalización del Frente Nacional (1958-74).  Siendo líder que contó con la confianza del Director del Partido Liberal, López Pumarejo lo eligió Ministro de Gobierno en 1934. En este mismo año fue Representante a la Cámara y posteriormente el lo hizo Ministro de Educación y de Relaciones Exteriores. Durante la Presidencia de Eduardo Santos (1938-42), fue embajador ante el Vaticano y regresó en 1942 para promover la reelección de Alfonso López quien, al ser electo, lo designó Ministro de Relaciones Exteriores. El Senado lo nombró Designado a la Presidencia.

Ante los graves hechos de orden público, ocurridos a raíz del “Bogotazo”, con motivo del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán (9 de abril de 1948) aceptó, respaldado por el Partido Liberal, integrarse al gabinete de Unidad Nacional, promovido por el Señor Presidente Mariano Ospina, en su calidad de Ministro de Gobierno. En 1949, teniendo en cuenta que las metas del Gobierno de Ospina no se habían cumplido, renunció al Ministerio de Gobierno y fue nominado candidato a la Presidencia de la República por el Liberalismo.

Según la situación de violencia expandida en muchas regiones del territorio nacional; la falta de garantías a los liberales, y el propio atentado del que fue objeto -donde murió su hermano Vicente- lo obligaron a retirar su candidatura y se produjo el ascenso y nombramiento de Laureano Gómez, quien triunfó sin contendor electoral, para gobernar entre el 7 de agosto de 1950 y el 13 de junio de 1953. El régimen adelantado durante el Gobierno de Laureano Gómez, propició la violencia abierta y produjo tal estado de cosas que, dirigentes importantes de Colombia, llegaron a definirlo como “la República invivible”. Una de las manifestaciones específicas de la situación política, lo constituyó el asalto y quema, en un solo día, de las instalaciones de El Espectador, El Tiempo, la Dirección Liberal Nacional y las residencias de Alfonso López Pumarejo y Carlos Lleras Restrepo, quienes tuvieron que exilarse en México para salvar sus vidas.

La prolongación de las violencias abiertas propugnadas por el ala laureanista del Partido Conservador, desembocó en el Golpe de Estado presidido por el General Rojas Pinilla con el respaldo del ala ospinista del Partido Conservador y el Partido Liberal. Este Golpe de Estado fue llamado con precisión, por el Maestro Echandía, como un “Golpe de opinión”. Y es que, debe recordarse que el ascenso de Rojas Pinilla al poder, se produjo sin alteraciones del orden público y con la aclamación del 99% de la po-blación adulta, que sintió un gran alivio por cesar la política de violencia agenciada por el gobierno laureanista[5].

Al Maestro Echandía, que fue una personalidad metódica, estudiosa e ilustrada, se le reconoce también por un conjunto de frases célebres, sobre diversos aspectos de la situación colombiana, que condensó en forma muy particular. Algunas de ellas son: “¿El poder para qué?”; “Colombia es un país de cafres”; “Habrá paz cuando podamos volver a pescar de noche”; “La democracia colombiana es un orangután con sacoleva”; “Los liberales colombianos deberían llamarse socialdemócratas”; “El sectarismo es el opio del pueblo” y “En política se pueden meter las patas pero no las manos”…

En gran síntesis: a lo largo de su dilatada vida pública ocupó diversos cargos judiciales, habiendo sido también: diputado, parlamentario, gobernador, ministro de Justicia, de Educación y de Relaciones Exteriores. Fue embajador ante la Santa Sede en dos ocasiones, Magistrado de la Corte Suprema de Justicia y varias veces encargado de la Presidencia de la República.

Un magnífico complemento –en diversas instancias- de este esbozo biográfico, lo constituye la siguiente síntesis elaborada por el también maestro, Fernando Hinestrosa Forero, quien sostuvo en la Introducción al Tomo V de las Obras Selectas de Darío Echandía. El jurista, el magistrado: “Radical de cuna, escolástico de escuela, no tardó en desasirse y en emprender caminos propios, concordes con su curiosidad intelectual y el romanticismo de su mocedad: Kant, Hegel, la izquierda hegeliana, Marx, el positivismo, el solidarismo. Para quienes en su infantilismo ignorante e insolente tratan de exigir a cada quien que se afilie a una tendencia, que se incorpore a una secta, desconcierta el realismo escéptico de Darío Echandía, su serenidad y madurez apabullantes; no las de hoy en su augusta senectud (1980), sino las de siempre: las que puso de manifiesto junto con su garra polémica en la defensa de la Reforma Constitucional de 1936, revolucionaria entonces y, habida consideración del conservadurismo colombiano, todavía hoy: escrita y siempre en trance de realización futura, y las que ya se atisbaban en sus primeros ensayos universitarios.

Darío Echandía es uno de los grandes de Colombia, al lado del Fundador de la República y del doctor Murillo, su conterráneo, quizá modelo recóndito de su trayectoria vital y, con ellos, abogado, término más cabal que el de connotación soberbia de jurista, por la actividad, la lucha, la combatividad que aquel encierra, y no por casualidad, sino por destino”.

Y más adelante afirma: “A la Corte Suprema de Justicia llegó con 1954 y en ella permaneció todo ese año, en el propósito de restaurar la confianza perdida en la jurisdicción y con ímpetu renovador, en que lo acompañaron juristas eminentes, varios de ellos condiscípulos suyos, consagrados todos a una tarea que hizo recordar la Corte ilustre de 1935, que él contribuyera a integrar como Ministro de Gobierno en la primera administración de Alfonso López. Noble aliento de las esperanzas puestas en el Golpe de opinión, según su apelativo afortunado, que a poco se vanaron  por la ceguera, la codicia, y el conservadurismo de lo que vino a convertirse en una dictadura militar”.

Procede entonces a condensar la labor del Magistrado Echandía: “Una sentencia de constitucionalidad y diez y siete de casación civil fueron pronunciadas en ese tiempo por el Magistrado Darío Echandía”. “En estas sentencias como bien puede apreciarse aún por quienes no tengan preparación jurídica o, teniéndola, no sean versados en el ramo o en la técnica del recurso de casación, sobresalen la sencillez y el rigor de la argumentación; la construcción de las frases es elemental, repetitiva y, por eso mismo, contundente, demoledora, así puede no estarse de acuerdo con el giro interpretativo de esta o aquella norma o el sentido de alguna conclusión. Es la exégesis de sus mejores manifestaciones: conocimiento cabal, si se quiere preciosista, de las disposiciones en singular y del sistema del ordenamiento; convicción de que los preceptos están contenidos en textos que emplean sustantivos, adjetivos, adverbios y tiempos gramaticales que poseen un significado preciso de conocimiento y respeto forzoso, que no puede dejarse de lado, sea por ignorancia, confusión mental, o inconformidad. Delimitación cabal de los campos de acción del legislador y del juez, quien no puede suplantar al legislador bajo ningún pretexto. El derecho concebido como un sistema compacto, armónico y unitario, que cumple una función: para el caso la de resolver los conflictos entre los particulares, confiada al juez. Juez que se ve actuando con majestad y elegancia, desprovisto de cualquier asomo de soberbia, celoso de guardar distancias y de imponer la justicia y la equidad”.

Agrega el Exrector Magnífico externadista: “La obra jurídica de Echandía se proyectó con intensidad y hondura en el terreno legislativo: estuvo presente en todas las reformas constitucionales realizadas de 1936 en adelante y son muchas las disposiciones que muestran el sello de su personalidad: su espíritu de avance social, igualitario; su romanticismo realista; su agnosticismo y, por qué no decirlo, la decepción que le ha dejado tanta ilusión fallida, no suya sino de la nación. Fue él quien emprendió la tarea de reforma de la administración de justicia, para volver a los cauces institucionales y de prestancia de los sistemas y las gentes, que se realizó bajo el gobierno del Presidente Carlos Lleras Restrepo en 1968 y 1970”.

Y culmina el introductor al Tomo V de sus obras, con una síntesis típica de su estilo: “Darío Echandía ha tenido la presuntuosidad de ser modesto y el carácter y la suerte suficientes para que se le haya tolerado que lo sea, auténtico, y se le respete en esa condición”.

Su profesión fue una combinación afortunada entre jurista, filósofo, humanista, político y diplomático. Contrajo matrimonio con Emilia Arciniegas Castilla el 23 de septiembre de 1936 y falleció el 10 de mayo de 1989 a los 91 años en Ibagué.  roasuarez@yahoo.com

Referencias
[1] Véase PEROZZO, Carlos; RENÁN FLORES y otros (1988). Forjadores de Colombia contemporánea. Tomo II. Editorial Planeta, Bogotá. p. 74.
[2] En las universidades del Rosario, Nacional, Externado y Libre, regentó la cátedras de Filosofía e Introducción al derecho.
[3] Véase ARIZMENDI POSADA, Ignacio (1989). Presidentes de Colombia (181-1890). Planeta. Bogotá p. 243
[4] Este evento ocurrió el 10 de julio, cuando el Coronel Diógenes Gil puso preso al Presidente López Pumarejo en Pasto, intentando un Golpe de Estado. El papel desempeñado por el Designado Darío Echandía y las intervenciones radiodifundidas por Alberto Lleras, facilitaron magistralmente la estabilidad del Gobierno de López Pumarejo y el ulterior castigo de los responsables. Nótese que este evento fue una grave “intentona” de un irresponsable Coronel.
[5] Para un estudio de la personalidad de Laureano Gómez, véase el texto del consagrado profesor Francisco Socarrás: Psicoanálisis de un resentido. (1994). Planeta Colombiana. Bogotá.
 

 

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