Por: Hernando Roa Suárez

DARÍO ECHANDÍA: Manuel Murillo Toro (IX)

“Hubo un día -dice Felipe Pérez- en que se llamó a Santander el Hombre de la Leyes; vendrá también otro en que se llame a Murillo el Hombre de las Instituciones… si Nariño denunció a Colombia los Derechos del Hombre, Murillo los hizo incrustar en nuestra legislación”. [1]

A raíz de la elaboración de las columnas sobre el Maestro Darío Echandía, he recibido algunos comentarios en relación con la vigencia de su vida y obra en nuestros días. Pues bien, a los lectores me permito comentarles que una de las razones del fenómeno estructural del abstencionismo electoral en Colombia es debido a la ignorancia, de amplios sectores de nuestra población y específicamente de nuestra juventud, de los grandes políticos y estadistas que consagraron su vida a fortalecer nuestras instituciones democráticas. No olvidemos que, por deficiencias estructurales del sistema educativo colombiano, es frecuente que la juventud contemporánea desconozca la vida y obra de grandes estadistas y políticos que le han servido éticamente a nuestra democracia Por tanto, con esta labor, como lo he realizado en otras oportunidades,  deseo aportar a la solución del problema electoral enunciado, que es un peligro real para nuestra institucionalidad.

Manuel Murillo Toro, el político del Olimpo Radical.  Este Presidente colombiano es uno de los grandes demócratas admirados por Darío Echandía y de quién aprendió varias de sus virtudes y prácticas políticas. ¿Cómo no hacer notar que esta intervención [2]   es el consagrado reconocimiento a la vida política de un grande de Colombia? Leamos:

“Estoy ocupando esta tribuna en momento por demás solemne y jubiloso, y acepté tan grave encargo, no por inconciencia de mi temeridad, sino por acatamiento y amistosa consideración a quienes generosamente me lo demandaron y también porque tuve la fortuna de ver la luz primera en el mismo rincón del suelo colombiano donde nació el prócer cuyo recuerdo nos congrega, y no he querido faltar al deber, tan grato a los hijos de aquella tierra, de pregonar las excelencias de quien le ha hecho tanto honor y le ha dado tan esclarecido renombre”. “Una vez más, digo, pues pocas entre las figuras más empinadas de nuestra historia habrán sido objeto de tan unánime y constante admiración y recibo tan justos, extremados y significativos encomios de amigos y adversarios, como el estadista y gobernante que hoy hace un siglo dotó a su país de aquel maravilloso invento que nos permite transmitir eliminando, por decirlo así, el espacio y el tiempo las ideas y expresiones del humano pensar. La condigna alabanza de sus extraordinarias facultades y sus acciones memorables ha sido hecha durante una centuria, en el libro y la prensa, en el parlamento y la tribuna pública, por algunos de nuestros compatriotas de más ilustre jerarquía intelectual. Santiago Pérez y Rafael Núñez, Marco Fidel Suárez y Nicolás Esguerra, Nieto Caballero y Rodríguez Piñeres, entre muchos, consagraron al panegírico de Murillo lo mejor de su ingenio de escritores, maestros y oradores elocuentes”.

“Ante la amenaza de un eclipse moral, que espíritus acaso demasiado inquietos puedan discernir en nuestro futuro, es necesario cultivar las mentes y las sensibilidades nuevas, para inclinarlas a la contemplación de otras edades en que el alma nacional parecía tener caracteres más netos y se manifestaban con más vigor y espontánea vehemencia ciertos atributos peculiares de nuestra gente”.

“Su memoria deberá mantenerse siempre viva en la conciencia de los pueblos que no se resignan a ser simples montones humanos, amorfos y anárquicos, sino que reclaman el derecho a clasificarse en la superior categoría de naciones organizadas y cultas”.

“No ha habido quizás, en momento alguno de nuestra historia, si ponemos aparte el de la guerra emancipadora, un despliegue más brillante de inteligencias superiores al servicio de la rectoría política de este país. Talentos especulativos como Manuel Ancízar y Ezequiel Rojas; áureos escritores como los Pérez, Teodoro Valenzuela, Tomas Cuenca; juristas profundos y sutiles como Zaldúa; parlamentarios consumados como Becerra; tribunos excelsos como Rojas Garrido; nobles y recogidos pensadores como Felipe Zapata y Camacho Roldán; tales fueron algunas de las figuras estelares que brillaron en aquel Olimpo inolvidable”. “Entre ellas, y por unánime consenso, fue Murillo Toro el político, por excelencia y antonomasia, o, como dijo Núñez, el que demostró “más poderosa inspiración política”.

“El ideal de libertad fue el más elevado y fulgurante de cuantos inspiraron sus empresas políticas y realizaciones de gobierno. Murillo Toro, o el liberalismo, podría llamársele. “Los problemas que él se propuso resolver en el sentido de la libertad, persisten, ciertamente, en nuestros días; pero siendo esencialmente los mismos, suelen plantearse hoy desde otros puntos de vista y con alcances que no coinciden exactamente con los que tenían los de aquella época difícil y atormentada”.

“Hoy hace un siglo inauguró Murillo como Presidente de Colombia el telégrafo Morse. También fue aquella una revolución. Los maravillosos progresos técnicos pueden producir transformaciones sociales más hondas y persistentes que las que se hacen cambiando los preceptos legales o los sistemas políticos. Sin el genio de los que inventaron la máquina de vapor o los motores de explosión, no existiría tal vez la democracia”. 

[email protected] Miembro de la Paz Querida.

Referencia:
[1] Véase artículo de Cesáreo Rocha Ochoa. (2016) Manuel Murillo Toro. Revista de la Academia Colombiana de Jurisprudencia. No. 362 p. 9.
[2] Exposición realizada en el homenaje rendido a Manuel Murillo Toro (1965) con ocasión del centenario del  telégrafo en Colombia.
 

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