Por: Sergio Otálora Montenegro

De la dignidad al copete naranja

MIAMI.- Hay un consenso entre tirios y troyanos: el escándalo y el melodrama fueron los grandes ausentes de los ocho años del paso de Barack Obama y su familia por la Casa Blanca.

La gran diferencia entre el primer presidente negro en la historia de Estados Unidos y el hombre del copete naranja que está a un mes de desembarcar en la oficina oval, es que el primero tenía una conciencia absoluta de la grave responsabilidad que asumía. El otro, el gran embaucador de desesperados, cree que ser presidente es apenas la extensión de sus negocios y su infinito ego.

Por eso el proceso de transición, que solía ser algo casi imperceptible en la historia moderna de Estados Unidos, se ha convertido en un espectáculo circense, con suspensos y giros inesperados, y con un elemento de verdad inquietante: la intervención de Moscú en las elecciones  que llevaron a Donald J Trump a ser uno de los personajes más poderosos del mundo.

Vladimir Putin al parecer podría ser el gran ganador de las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Las agencias de inteligencia están diciendo que el autócrata ruso dio la orden directa para el ataque cibernético contra correos electrónicos de instancias clave del Partido Demócrata. Y las mismas organizaciones de espionaje han dicho que tal accionar del Kremlin era para ayudar al triunfo del magnate inmobiliario.

Trump y sus conmilitones niegan, sin atenuantes, cualquier intervención de Moscú a pesar de las supuestas evidencias. El presidente electo ha ido más lejos: no confía en los reportes de inteligencia, no cree en lo que informan la CIA o el FBI, considera que esos análisis son apenas patadas de ahogado de los derrotados, es decir, Hillary y el Partido Demócrata. Son, por lo tanto,  producto de intereses partidistas que buscan deslegitimar el triunfo del “showman”.

La perplejidad es enorme. ¿No se suponía que ésta era la democracia más ordenada y predecible del mundo? Ese es el efecto de haber elegido a un caudillo fascista con ínfulas de rey: cree que puede jugar con las instituciones y las tradiciones republicanas de una nación acostumbrada a una transición de poder sin sobresaltos. Este país no está preparado para el proyecto “revolucionario”  de un patán de quien no sabemos casi nada, fuera de su paso victorioso por su serie de televisión  llamada “Los principiantes”: cuáles son sus verdaderos intereses económicos, quiénes son sus socios, cuál es la extensión de su fortuna. En últimas, para quién va a trabajar cuando llegue a ser el líder del llamado “mundo libre”.

Ya parece que se replanteará una de las grandes tradiciones de la democracia gringa: las ruedas de prensa diarias, en la Casa Blanca, en la que participan los periodistas,  nacionales y extranjeros, acreditados para asistir a ese ritual periodístico. Al medio día, ellos  hacen toda clase de preguntas al secretario de prensa sobre los temas de actualidad y éste responde hasta donde se lo permita la estrategia política del momento. Dada la combinación entre negocios personales del multimillonario y los asuntos de Estado,  no hay duda de que habrá una permanente fricción entre la prensa y el nuevo presidente.

Para no hablar de sus tres retoños. Busca convertir a su hija Ivanka en la primera dama (la mujer del histrión ya dijo que se queda en Nueva York) con oficina en la Casa Blanca. Es ya claro que este país no estaba preparado, desde el punto de vista legal, para la llegada de semejante exabrupto. Dicen que las sólidas instituciones estadounidenses se encargarán de poner al autoritario en su sitio.

Por ahora el gran reto es que esas instituciones reaccionen a cualquier atentado contra la democracia. Hemos pasado de la dignidad de un presidente como Barack Obama, que siempre tuvo un gran respeto por la institución presidencial (lo acusan los republicanos de haber abusado del poder al expedir un sinnúmero de órdenes ejecutivas, muchas de ellas serán derogadas por Trump de un plumazo)  a este especímen que va más allá de cualquier cálculo. En realidad nadie sabe, por lo menos en la esfera pública, cómo hará la clase dirigente de este país para domesticar, controlar y acomodarse a una criatura sin límites, que logró venderle la idea, a una clase obrera blanca alienada y defraudada, que él es el gran salvador de sus miserias.

Treinta años después
Nos queda la satisfacción, a quienes conocimos de cerca a Guillermo  Cano, que  treinta años después de su sacrificio, su memoria y su ejemplo siguen intactos y vigentes. Su espíritu libre ronda por ahí, como una sombra benigna que nos inspira a cada momento. Tengo una imagen de él: en Fidelena ( la que era finca de recreo de los Cano)  con su esposa Ana María, nos recibe con un tono de complicidad,  una mañana húmeda, sabe que la noche anterior estos jóvenes que no pasan de 23 años se desordenaron en las ferias y fiestas de San Antonio del Tequendama. Sonríe como si entendiera que la vida, para nosotros, apenas empezaba.

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