Por: Nicolás Rodríguez

De la posverdad como arma de lucha

La palabra de moda es posverdad. En la era de las redes sociales y la cultura de la indignación, en vez de mentiras y falsedades se producen posverdades. Esa fue la palabra del año 2016, según el diccionario Oxford.

La posverdad apela al papel que juegan las emociones en la formación de la opinión pública. Por encima de los “hechos objetivos”, explican desde Inglaterra, va la creencia personal. Que puede ser una interpretación de la realidad, una verdad a medias o una invención.

El aporte no sólo es útil para explicar el deprimente éxito de Trump. O el lamentable Brexit. También funciona con el resultado del referendo por la paz. Los comentaristas que no les creen a los sabios ingleses cuestionan el concepto. No hay ninguna posverdad, explican. La posverdad es un eufemismo blandengue para referirse a los engaños y las manipulaciones de siempre, exclaman. La posverdad es carreta sociológica.

Pues bien: el que tenga dudas que se dé un vuelto por el uribismo, sus periodistas orgánicos (¿qué es La hora de la verdad si no un ejercicio radial de 60 minutos de posverdad?) y sus portales de información tendenciosa, fabricada y por sobre todo efectiva.

Un día es la ociosa teoría del castrochavismo y la familia Santos, que aunque absurda muchos repiten. Pero cualquier otro es que las Farc están prostituyendo mujeres en las zonas de concentración, como lo dijo el gobernador de Antioquia (sin ninguna prueba y sin que medie falta disciplinaria alguna) y lo amplificó una de esas agencias de ficción política dedicadas a enlodar (y a adorar a Uribe).

No estamos entonces ante una anécdota más sobre el mundo virtual. En las manos y teclados de los que son, la posverdad es un arma de lucha. No hemos acabado de dimensionar la importancia de una Comisión de la Verdad que ayude a reparar en el posconflicto y ya estamos en la guerra de la posverdad.

 

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