Por: Claudia Morales

De Lamia a Yuliana

El 17 de septiembre del año pasado publiqué en este diario la columna “¿Para qué somos periodistas?”, como consecuencia de la decepción que me produjo ver la publicación del video con las imágenes del asesinato de la colega Flor Alba Núñez.

A la crítica de ese momento quiero agregar ahora las redes sociales y para eso me referiré a dos hechos traumáticos: el accidente del avión de Lamia que dejó 71 muertos, y el secuestro, abuso sexual y asesinato de Yuliana Samboní, de siete años de edad.

En el caso de Lamia, vimos a unos medios celebrando ser los primeros en todo, con lo cual queda claro que no han aprendido nada, y a la par con eso, leímos y oímos a interlocutores en las redes sociales y comentaristas de la radio posando como expertos en aviación, dando veredictos sobre las causas del accidente y opinando como sabios sobre una comunicación privada de un piloto y otra de la controladora aérea, que como resultado de la irresponsabilidad de quienes filtraron la grabación y quienes la divulgaron, resultó amenazada.

Sobre Yuliana y su presunto asesino, Rafael Uribe Noguera y sus hermanos Francisco y Catalina, supuestos cómplices de encubrimiento, pasó una cosa increíble. Los periodistas resultamos insultados en las redes porque durante unas horas algunos no dimos el nombre de los implicados y luego porque usamos la palabra “presunto” como ordena la ley. Pero si hubiéramos hecho lo contrario, nos hubieran acusado de irresponsables y amarillistas. No importa cómo procesemos la información, el mío es un gremio tan desprestigiado que igual terminamos siendo tildados como escoria.

Al momento de entregar esta columna, ya no hablamos del accidente. Nos creímos espectaculares porque hicimos un homenaje en un estadio y nunca reparamos en el daño que como sociedad pudimos causar con la forma como se replicaron las filtraciones sobre el accidente. Y en el caso de Yuliana, a pocas horas de conocerse el crimen, en Twitter todos se volvieron sicólogos, siquiatras, médicos forenses, investigadores, fiscales y jueces.

A menos de dos días de ocurrido el crimen, leí “perfiles” de Rafael Uribe Noguera construidos sobre la base de chismes dados a cuenta gotas y por fuentes no identificadas, ya mostraron el zapatico de la niña, y sólo falta que algún genio colega diga que tiene la primicia, ¡atención!, de las fotos de la menor abusada. Y lo último es que los conocidos de la familia Uribe Noguera tienen obligatoriamente que ser sospechosos de algo y si los periodistas no lo deducimos así, entonces somos cómplices de ellos porque son riquísimos y poderosísimos, lo cual nos convierte en sus súbditos.

Tengo colegas que son conscientes de la falta de ética que caracteriza nuestro medio y me identifico con aquellos, aunque son pocos, que exponen (exponemos) las críticas al gremio a costa de convertirnos en parias de otros periodistas que nos ven como enemigos porque hablamos de lo miserables que podemos llegar a ser.

Pero entre la tragedia de Lamia y el crimen repudiable de Yuliana también hubo aciertos de muchos colegas y manejos responsables de la información. A la par con eso, es evidente otra realidad: la de una turba enfurecida en las redes que piensa que sabe mucho sobre los periodistas, que nos juzga a todos por igual y que se cree ajena a la responsabilidad de informar. Ahora, eso no es excusa para no actuar y no hacer algo contra la deshonra que nos hemos ganado.

* Subdirectora de La Luciérnaga. @ClaMoralesM

 

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