Por: Oscar Guardiola-Rivera

¿De qué sirve la filosofía?

Preferiría que el alcalde de Cartagena tuviese razón. Dado que vivimos en mundo en el cual sólo importa lo que sirve, lo que funciona y contribuye al espectáculo, preferiría que la filosofía no sirviera para nada.

 

El problema es que la filosofía tanto como el arte contemporáneo sirven y funcionan. Si no lo creen miren las noticias internacionales: el bling electoral estadounidense, el Brexit boom, el bust venezolano. Las llamadas bellas artes y las bellas letras están más cerca de la especulación, del bling, el boom y el bust, de lo que querríamos aceptar.

No soy el primero en afirmar que la filosofía lo mismo que el arte contemporáneo y las letras están lejos de habitar una supuesta torre de marfil desde la cual se dan el lujo de apreciar o despreciar la realidad allá abajo. Lejos de ser extrañas o extranjeras, habitan los mismos mundos y ciudades neoliberales que todos habitamos. No sólo reflejan sino que hacen parte de sus estructuras ideológicas e institucionales, las legitiman y justifican y al hacerlo nos interpelan en lo más íntimo para sujetarnos a ellas.

No es posible, por ejemplo, distinguir al filósofo superestrella mediática que conoce bien y calcula el poder de choque de sus intervenciones, el brillo de un cráneo incrustado de diamantes, o el alcance de un escritor latinoamericano publicando una columna contra el régimen cubano en El País, de las políticas de choque que buscan despertar a las economías de su letargo ni de la pompa y circunstancia de nuestras contiendas electorales televisadas.

El choque, el brillo y la pompa, tanto como su expresión mediática, hacen aparente y concreta la dimensión íntima, afectiva de nuestra economía global adicta a la especulación y el crédito, cuyos rituales apoyados en logaritmos ininteligibles en la bolsa de valores y las noticiarios de veinticuatro horas cumplen una función similar a la misa en Latín y las catedrales góticas. Bling, boom y bust.

La filosofía y el arte hoy no sólo buscan la verdad y la belleza; también la función. De allí el impacto de los aceleracionistas tecnológicos anglosajones pero también el de sus contradictores perspectivistas Amerindios en América Latina. Lo mismo cabe afirmar acerca de los debates sobre los populismos de izquierdas y derechas, tanto como de quienes reniegan de estos por fidelidad a las instituciones liberales.     

La filosofía y el arte contemporáneos pueden ser una marca sin marca, más o menos sofisticada pero siempre presta a ser impresa en un periódico, una mercancía, una novela o una noticia lista para el consumo.  Para maquillar, como el alcalde la ciudad, nuestros mundos necesitados de cambio extremo. Pero siempre y solamente desde la perspectiva de una lucha de clases desde arriba en favor de una acumulación ya no primitiva sino depredadora.

 

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