Por: Ignacio Zuleta

Declaración de la esperanza

Un amigo que es médico, maestro a su pesar y guía lúcido me dice con razón: “Aunque parezca que estamos en el fin de los tiempos, el planeta destruyéndose de a pocos, la vileza y la corrupción apoderándose del mundo vorazmente y la sociedad de consumo fabricando depredadores, no hay que dejarse arrebatar ni por un segundo la esperanza”.

Estamos conversando mientras viajamos en un bote por los exuberantes caños del río Fragua, a unos pocos kilómetros de la Marginal infame de la selva, la ruta 65 que debe unirnos con Ecuador y con Perú y que a su paso ha transformado la selva en desolados potreros con troncos que aún humean. Pero a pesar de ello mi amigo me lo dice precisamente porque comparte mi dolor y sabe que yo lo podría convertir en amargura en las columnas y en mi vida. Insiste:  “Si no somos nosotros —privilegiados, amantes de estas selvas, beneficiarios de las plantas  y del agua— los que debemos portar el estandarte de la esperanza, ¿quién entonces?”. Y como médico interesado en mi salud física, mental y espiritual que es una sola cosa, me vuelve a recetar que el tono que encuentre para escribir y expresarme sea siempre positivo a pesar de las dificultades y la devastación. Porque siempre habrá gente que está haciendo lo que toca, construyendo, sumando, trabajando por el bien como se debe, sin mirar hacia el mal  o haciendo caso omiso no por ignorancia, sino evitando la queja fácil, el derrotismo, la murmuración, la indignación inútil, la amargura. Por eso quiero, por ejemplo, que llegue a mi pueblo la película Mañana que ya anda por las salas del país. Porque sabemos que sumando los esfuerzos, pensando en el otro, aportando lo que podamos sin rezongar y construyendo en la realidad en vez de criticar en vano, reconstruimos y recobramos el sentido. Los jóvenes no están tan dormidos como creemos los adultos. Hay blogueros, youtubers y usuarios inteligentes de Facebook que están aprovechando los recursos del sistema para crear conciencia y organizar labores importantes de ayuda al prójimo, de reforestación, o de defensa de los recursos naturales: grano de arena por grano de arena, como toca y desde sus universos paralelos.

Una de las dietas importantes para recuperar las esperanzas es la de seleccionar cuidadosamente los insumos de los medios masivos. Los periódicos y noticieros se alimentan de sangre, de terror y de carroña. Hay que aprender a discernir lo que consumimos por los ojos, los oídos y el alma. La labor es buscar las fuentes de la confianza, en el Creador, en los seres luminosos de la especie, reconstruir la ilusión desbaratada por los amos del miedo, alimentar la certidumbre de que Gaia tiene los mecanismos para corregir el curso de las cosas y fortalecer la fe en que los justos puedan heredar la tierra. Que se rían los cínicos, se burlen los escépticos y destilen veneno los amargos; mi amigo curandero me recuerda que tengo como deber fundamental sanear mis esperanzas para poder transmitirlas con vigor. Y trataré con todas mis fuerzas de que así suceda pues no quiero convertirme en ave de mal agüero, en hueco negro, ó en mensajero de la enfermedad y el desaliento.

 

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