Por: Melba Escobar

Demasiado ruido

Un titular mañanero me soltó la noticia. Mientras dormía se había caído un avión cerca a la Unión, Antioquia, donde venía un equipo de fútbol brasileño a jugar contra el Atlético Nacional. Lo primero que escuché es que de todos los pasajeros, solo cinco habían sobrevivido.

Quise ampliar la información escuchando la radio para oír a una periodista de la W afirmar que el avión de la empresa Lamia, procedente de Bolivia, donde venía el equipo Chapecoense, había avisado de una emergencia a la torre de control, pero que la torre de control prefirió darle prioridad a un vuelo de Viva Colombia. La explosiva chiva fue desmentida minutos más tarde por la compañía de aviación. Aun así no es claro de dónde sacó esta información la periodista (¿fue un chisme? ¿Un invento?) ni con qué intención la lanzó tan olímpicamente.

Por su parte, RCN fue muy veloz en contarnos, con imágenes del avión destrozado, que eran el primer medio en reportar desde la escena del accidente. En Twitter se volvió viral una máxima donde unos cientos parecían coincidir en que no se cae un avión lleno de delincuentes y políticos corruptos, y viene a caerse uno en donde había “unos jóvenes en camino a cumplir su sueño”, infiriendo que algunos merecen matarse en un accidente de avión y otros no, reflexión sobre la cual parecía haber tal nivel de consenso que me resultó escalofriante.

Sobra decir que los futbolistas vendrían a ser una séptima parte de la tripulación, pero sobre todos los demás no se dijo ni una palabra, hasta tal punto que por un buen rato pensé que los futbolistas habían viajado en un avión privado siendo las únicas víctimas del siniestro.

Supe que al hijo de director técnico se le olvidó su pasaporte y no viajó, que el destino, que esto y lo otro, que cuando nos toca nos toca, que el Chapecoense era conocida como “La cenicienta del futbol” o como “El Leicester de Brasil”. Los periodistas, imparables, parecen alienígenas que disparan palabras mientras hiperventilan y repiten el conteo de muertos, de vivos, de hechos ocurridos, se quedan sin aire, se excitan porque apareció la caja negra, porque hay un dato nuevo y se teme que el avión se quedó sin combustible. Me subo al taxi con destino al aeropuerto. No quiero pensar en aviones cayéndose, pero el taxista ya tiene su tema del día: “qué noticia tan triste”, me saluda mientras le sube el volumen al radio. Suena Caracol Radio cuando un periodista deportivo menciona en el mismo monólogo el siniestro, pasa a preguntarse quién irá a ganar la copa este año y, sin tomar aire siquiera, comparte su preocupación de que Nacional tenga que devolver lo recaudado en taquilla para el partido de ayer.

Me pregunto si estamos desarrollando algo así como una adicción al ruido. Al vil y depreciable ruido. Al arrogante, al idiota, lo preferimos mil veces al silencio hasta el punto de expandirlo, responderle de vuelta, juzgarlo, corregirlo, siempre indignados, dolidos, reflexivos y seguros de nuestras opiniones inmediatas y certeras mientras permanecemos escépticos e incrédulos ante todo cuanto ocurre.

 

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