Por: Beatriz Miranda

Desarrollo, un problema político

En un momento de crisis económica, la propagación del zika y los efectos del cambio climático, la IV Cumbre de la Celac ilumina el difícil escenario regional, sobre todo por el avance del proceso de paz en Colombia y el reciente anuncio de la participación de la ONU.

En un encuentro simbólico en la sede de Unasur, ubicada Ecuador, el presidente Rafael Correa recibió a los participantes de la cumbre. Recordó que “el desarrollo es un problema político que depende de quién manda”, que el desafío de los pueblos ancestrales es superar la pobreza sin perder su identidad cultural, que necesitamos sociedades con mercados, no mercados, y criticó a los tribunales que defienden inversiones y no la naturaleza, así como el anacronismo de la OEA, y dijo que la Celac debería sustituirla y que nuestra América vive no en una época de cambios, sino un verdadero cambio de época.

El camino recorrido ha sido largo y sinuoso, pero América Latina, como en otros momentos, a pesar de los percances, ha resistido. Hay que subrayar la importancia de haber declarado a América Latina una zona de paz en la cumbre de La Habana en 2014 y de la declaración especial sobre seguridad alimentaria durante la cumbre celebrada en Quito, pues “no habrá desarrollo sostenible ni paz en el mundo mientras la gente siga sintiéndose excluida”. Pareciera ser un cambio de época, como bien dijo Correa, un cambio que empieza en la memoria colectiva, recopilando las voces, las luchas y los sueños de los que creyeron en una América Latina unida.

Llegamos a 2016, están sentados en la misma mesa, la tienen clara, no se puede desconocer el intento de converger a pesar de las diferencias, ante un sistema internacional que no deja de sorprender. Hace veinticinco años esto hubiera sido impensable. Se caminó mucho: Mercosur, Unasur, Consejo de Defensa Suramericano y Celac.

No obstante, en pleno siglo XXI, ser amigo del rey sigue siendo muy importante. Una integración con sentido, pero sin agenda, sin tratado, y sin instituciones propias, lo que aún propicia el bilateralismo dentro y fuera de la región y limita el papel de la Celac como un interlocutor regional.

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